Desde mi incursión en el cine (entiéndase: ver películas y soñar con hacer varias), me llamaba mucho la atención contar. Decir cualquier cosa, hacer que los espectadores presten atención y generar emociones en ellos, era algo que me enloquecía. Creo que desde ahí, fue cuando intenté hacer esto desde el teatro. Actuaba historias escritas por grandes y a la vez contaba las propias, improvisando diálogos inéditos. Ver al público concentrado con mis relatos era muy bueno.
Sin embargo no era suficiente con actuar. Comencé entonces, a leer todos los cuentos que me caían en las manos, a explorar más y mejores historias que luego terminaba contando, ya sea a los compañeros que nos le gustaba leer y que me pagaban por mis resumes orales, o a mi mejor amigo que se entretenía mucho con mis narraciones. Luego, entre libros y tablas, comenzó mi adicción al “séptimo” arte, en dónde encontré las mismas historias contadas de mil maneras y con ellas mis mejores amantes, mis más grandes héroes, mis más bajas pasiones y mis más anheladas denuncias.
Recuerdo con mucho cariño, aquel cuadro en mis descansos, en donde pasaba los treinta minutos que duraba, sentado frente a un par de amigos, a los cuales les contaba un sueño que había tenido la noche anterior (algo fantaseado e inventado en la marcha). Con ellos aprendí a llevar el hilo de una historia capítulo tras capítulo. En cada descanso del colegio, seguía mi relato hasta el momento más intrigante, dejando la mejor parte para el siguiente descanso o día –porque el sueñito se había convertido en una historia larga que había que contar despacio–. Y, como la narración del sueño, además de mi encanto por contar, se alargó, yo tuve la enorme tarea creativa de “escribir el resto del guión” alrededor de un “sueño”, que conté por dos semanas. Recuerdo que el sueño trataba fundamentalmente sobre una batalla en la que luchábamos los tres al mejor estilo “Caballeros del Zodiaco” y, que finalmente terminó siendo toda una película inventada por mí. A lo mejor nunca soñé nada de lo que dije.
Desde ese periodo de mi vida, me declaro amante acérrimo de los cuentos. Siempre que leo uno, trato de hacer toda una película (o cortometraje) en mi cabeza para pensar si se puede llevar al campo audiovisual. Incluso en lo poco que he leído de novelas literarias (¡porque es mucho lo que me falta por leer!) son muy pocas las que me imagino como futuras películas; ya sea porque; son muy extensas, son muy buenas y ni por EL PUTAS creo que las podría hacer o, porque simplemente funcionan sólo como un libro y no más.
Es por esto que mi bitácora se convirtió en un hibrido –bastante extraño– de cuento y cine. Recuerdo con gran emoción mis primeros escritos a esta hora (3:00a.m.) cuando dejaba mi corazón al descubierto para todos los que leyeran mis cuentos/declaraciones. Fue la época en que inició el boom de los blogs de El Clavo gracias a mis escritos. De igual manera, debo confesar que me agrada re-leer mis primeros artículos sobre cine, en los cuales escribí reseñas de películas, artículos de opinión sobre el cine porno, el ritual de ir al cine, entre otros. Ahora me doy cuenta que en PEPITO METRALLA, se seguirá escribiendo más de cuentos que de cine y, más de cine que de cualquier cuento. Mejor dicho hay cine para contar a la lata.
No crean que ya no habrá más de los cuentos viscerales (los que escarban las entrañas de todos), sino que en este momento de mi vida, de lo que quiero escribir es de historias citadinas que cuenten las mil contradicciones que tenemos. Historias que quizá se puedan llevar alguna vez al cine o a un libro de cuentos (sugerencia de Ed Materón) de mi autoría. Por eso esta semana les traeré un cuento que está en proceso de escritura, el cual explora varias historias en un mismo lugar. También vendrá más sobre cine (sobre todo de Cine Colombiano, una tarea que quiero hacer) y películas que quiero compartirles, como “Paradise Now”, la cual es supremamente buena.
Esperemos que el impulso de la madrugada me invada mientras muchos de ustedes duermen.
Sin embargo no era suficiente con actuar. Comencé entonces, a leer todos los cuentos que me caían en las manos, a explorar más y mejores historias que luego terminaba contando, ya sea a los compañeros que nos le gustaba leer y que me pagaban por mis resumes orales, o a mi mejor amigo que se entretenía mucho con mis narraciones. Luego, entre libros y tablas, comenzó mi adicción al “séptimo” arte, en dónde encontré las mismas historias contadas de mil maneras y con ellas mis mejores amantes, mis más grandes héroes, mis más bajas pasiones y mis más anheladas denuncias.
Recuerdo con mucho cariño, aquel cuadro en mis descansos, en donde pasaba los treinta minutos que duraba, sentado frente a un par de amigos, a los cuales les contaba un sueño que había tenido la noche anterior (algo fantaseado e inventado en la marcha). Con ellos aprendí a llevar el hilo de una historia capítulo tras capítulo. En cada descanso del colegio, seguía mi relato hasta el momento más intrigante, dejando la mejor parte para el siguiente descanso o día –porque el sueñito se había convertido en una historia larga que había que contar despacio–. Y, como la narración del sueño, además de mi encanto por contar, se alargó, yo tuve la enorme tarea creativa de “escribir el resto del guión” alrededor de un “sueño”, que conté por dos semanas. Recuerdo que el sueño trataba fundamentalmente sobre una batalla en la que luchábamos los tres al mejor estilo “Caballeros del Zodiaco” y, que finalmente terminó siendo toda una película inventada por mí. A lo mejor nunca soñé nada de lo que dije.
Desde ese periodo de mi vida, me declaro amante acérrimo de los cuentos. Siempre que leo uno, trato de hacer toda una película (o cortometraje) en mi cabeza para pensar si se puede llevar al campo audiovisual. Incluso en lo poco que he leído de novelas literarias (¡porque es mucho lo que me falta por leer!) son muy pocas las que me imagino como futuras películas; ya sea porque; son muy extensas, son muy buenas y ni por EL PUTAS creo que las podría hacer o, porque simplemente funcionan sólo como un libro y no más.
Es por esto que mi bitácora se convirtió en un hibrido –bastante extraño– de cuento y cine. Recuerdo con gran emoción mis primeros escritos a esta hora (3:00a.m.) cuando dejaba mi corazón al descubierto para todos los que leyeran mis cuentos/declaraciones. Fue la época en que inició el boom de los blogs de El Clavo gracias a mis escritos. De igual manera, debo confesar que me agrada re-leer mis primeros artículos sobre cine, en los cuales escribí reseñas de películas, artículos de opinión sobre el cine porno, el ritual de ir al cine, entre otros. Ahora me doy cuenta que en PEPITO METRALLA, se seguirá escribiendo más de cuentos que de cine y, más de cine que de cualquier cuento. Mejor dicho hay cine para contar a la lata.
No crean que ya no habrá más de los cuentos viscerales (los que escarban las entrañas de todos), sino que en este momento de mi vida, de lo que quiero escribir es de historias citadinas que cuenten las mil contradicciones que tenemos. Historias que quizá se puedan llevar alguna vez al cine o a un libro de cuentos (sugerencia de Ed Materón) de mi autoría. Por eso esta semana les traeré un cuento que está en proceso de escritura, el cual explora varias historias en un mismo lugar. También vendrá más sobre cine (sobre todo de Cine Colombiano, una tarea que quiero hacer) y películas que quiero compartirles, como “Paradise Now”, la cual es supremamente buena.
Esperemos que el impulso de la madrugada me invada mientras muchos de ustedes duermen.