Actividades inútiles

Para ti, que el fondo me crees.
— ¿Por qué no haces algo?
— Eso hago
— ¿Qué?
— Estoy trabajando.
— No te veo trabajar, sólo estás echado leyendo todo el día.
— Bueno, mañana busco trabajo.
— ¡Eso! Y comience por llevar la hoja de vida donde su tío, recuerde que hace más de un mes le dijo…
— Pero allá no hay nada para mí.
— ¡Cómo que no! Todos sus primos ingenieros están allá empleados y ganando buen dinero. Acaso es que usted estudio Ingeniería Electrónica para dejar perder el dinero…
— No, yo lo estudie para darte gusto… ahora es tiempo de darme el mío.
— ¡¿Cómo?! ¡¿Perdiéndolo ahí en ese computador?!
— No, también leyendo días enteros.
— Usted verá… Pero si no busca qué hacer es mejor que se vaya. ¡Eso sí!, se lleva ese montón de libros para desocupar la habitación y poder alquilarla…
— Mañana busco un lugar…
— ¡Más le vale!…
— …
— ¡Má!
— ¿Sí?
— ¿Puedes darme el desayuno?... Tengo hambre.
— Claro mi amor. ¿Huevo frito o revuelto?
— Revuelto… como el amor de Oliveira y Lucía.
— ¿Y esos quienes son?
— Unos amigos que me acompañan en esta actividad literaria inútil.
— Bueno, entonces dígales más bien que lo acompañen a buscar trabajo.

¡Dejemos la maricada!

Columna Revista El Clavo

Desde la época del colegio este tema me acompaña. Es lógico. Fui educado en un colegio franciscano que por excelencia (no me refiero a su educación) es masculino y ciertamente con mayor facilidad para fomentar ambientes de cariño varonil. Recuerdo que era normal ir en manada al baño, darse nalgaditas como señal de apoyo, consentir al amigo enfermo, caminar abrazados y algunos hasta llegaron a hacerlo cogidos de las manos con los dedos entrecruzados. Todo era parte de una cotidianidad que permitía a los más osados salir del closet.

Si bien es cierto que esas muestras de ternura no obedecían, en su mayoría, a una inclinación rosa, generaba confianza a los que sí la tenían. Un impulso que pagaban con creces, pues una cosa era entrar en la lógica del manoseo permitido y otra muy distinta decir que gozan de gustos vigorosos. Pobres tipos. Sus vidas se reducía a burlas gigantescas, como la que sufrió un estudiante en medio de una misa en el coliseo cuando desfiló para tomar la hostia y todo el colegio gritó al unísono: “¡LOCA!”. A partir de ahí eran una especie de leprosos que nadie se les acercaba, sólo su convertido gay-mejor-amigo. El único tipo capaz de entenderlo y no juzgarlo.

Desde hace varios años el colegio ya es mixto, un reajuste debido a la tendencia a la baja en las matrículas, algo que permitió disminuir la crueldad contra “el diferente”, ahora la comparten con las marimachas. Ejemplos a escala de la discriminación que se vive en la sociedad. No en vano cuando nos reunimos con los compañeros del colegio nadie quería reconocer amistad alguna con D. A., el gay de nuestra generación.

Este antiguo trato repelente hacia los homosexuales comienza precisamente ahí, en el colegio. De ahí mi celebración cuando supe que en el Valle del Cauca había salido una cartilla para docentes que busca dar pautas en educación sexual, especialmente en el reconocimiento de la diversidad de género. Se trata de una serie de folletos, libros y CDs que contienen canciones que invitan al respeto, cuentan historias homosexuales, de lesbianismo y homofobia. Pero ¡oh sorpresa!, la semana pasada vuelvo y me entero que en esta misma ciudad, la que ha parido grandes artistas, cineastas, actores, actrices, concejales y gobernadores —no importa su inclinación sexual—, es la misma que tiene seres retrógrados que ahora quieren censurar esta iniciativa porque, según ellos, es una herramienta pedagógica que “induce al homosexualismo”.

Por eso no sorprende la tardanza que hemos tenido en reconocer derechos a las parejas del mismo sexo, entre ellos formar una familia. Argentina acaba de dar el primer paso en Sur América al avalar los mismos derechos que tienen los heterosexuales para los homosexuales. No obstante, en nuestra patria boba (¡estúpida!) pasará un par de eones antes de acabar con esta discriminación, que se coló incluso en la Constitución de 1991 a pesar de ser tan “liberal” (léase el Articulo 42).

Me pregunto: ¿qué será de la vida de mis compañeros que salieron del locker? ¿Por qué ellos no van a nuestras reuniones? ¿Hoy, diez años después, todavía nos avergonzaríamos al saludarnos? ¿Finalmente quiénes son los de la maricada?

Bonus Track

Excúsenme los lectores que esperan divertirse con la columna, pero este tema no puede seguir siendo motivo de burla, ni que se tratara de un artículo sobre Ricky Martin.