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Todo un cuento

Lo irónico de este amor
fue que el pesonaje que creé,
terminé amándole
más allá del punto final.

Producto de varios amaneceres

A Carlitos.

Por invitarme, por leerme

y por ser un gran amigo.


Hace algún tiempo, escribiviviendo en las madrugadas, se engendró y parió “Sombras de un amanecer”, un cuento corto que hoy está de celebración por el reconocimiento que tuvo en el “ART NALON Letras. Concurso Internacional de Cuentos cortos, cortos 2007", donde logró colarse, primero que todos sus otros hermanos cuentos, en las hojas de un libro.

La historia de cómo llegó el cuento a participar en este concurso, se remonta al día en que por MSN Carlitos Torres Tangarife, me contó del certamen y, como por no dejar, yo me inscribí. Decidí participar con “Sombras…” porque le tenía un especial cariño, que ahora se transformó en amor.

El premio al que se hizo merecedor el cuento fue haber sido seleccionado, entre muchísimos cuentos enviados desde todos los países de lengua castellana (el único colombiano), como uno de los mejores 15 cuentos, que posteriormente se publicaron en el libro que ahora tengo en mis manos.

Aquí la portada del libro, la carta que me enviaron para anunciarme la noticia y, por supuesto, el cuento para que lo lean.

Sombras de un amanecer

Ubert se acaricia la barba y finge pensar en ella. Ella se masturba sin pensar en él. Los gritos inundan el lugar. La escena que ha venido repitiéndose cada fin de semana, en esta ocasión tiene algo extraño que no funciona. Ubert no logra concentrar sus fuerzas para hacer circular la sangre que lo haría feliz y ella está más distante que siempre. Él mantiene la posición de espectador único sin dejar de frotar aquella barba desordenada que desde hace unos días crece sin problema.

La noche húmeda trae consigo un olor que enferma a Libia, una hermosa mujer dedicada al hogar. Lleva dos horas esperando para cenar con los suyos, pero el acelerado paso del tiempo y la temperatura de los alimentos, le sugieren que ya es tarde para comidas familiares. Libia se dirige a la cocineta del apartamento para comer sola. El espacio es reducido, lleno de amor y pequeños detalles. Su rostro alegre contrasta con el aspecto de la comida fría que parece un embutido para gatos. Sirve en un plato metálico un par de cucharadas del mazacote y se sienta a comer.

Salir a caminar bajo la lluvia, es algo que Ubert normalmente no hace, pero sentirse impotente y desilusionado de sí, lo tiene alejado de cualquier perturbación que pueda tener en su entorno. Con las manos en los bolsillos, la mirada clavada al piso y el traje emparamado, llega a un edificio humilde al que observa con nostalgia. El barrio, conocido como El Bronx por su inseguridad, en este instante, increíblemente, transpira una calma absoluta. Ubert introduce la llave cromada pintada con esmalte rojo en el portón negro de hierro y entra al edificio. Sacude el agua de su abrigo y sube cuatro pisos silenciosamente, con la idea de no ir a perturbar el sueño liviano de Libia.

Después de la lluvia pasajera, en el apartamento se siente un calor fastidioso. Libia ha dejado la ropa en el suelo, al lado izquierdo de la cama. Duerme desnuda a la espera de su esposo. Al lado derecho de la cama hay un par de pantuflas, una pijama de pantalón corto y camisilla de franela. También hay una pequeña y vieja maleta de cuero que se encuentra a medio cerrar. Libia interrumpe repentinamente su ronquido en respuesta al sonido de las llaves que Ubert introduce en el portón de abajo. Esboza una hermosa sonrisa y observa con picardía su desnudez imaginando la sorpresa que él se llevará.

Ubert entra a la habitación, cruza a tientas la cama sin observar a Libia. Con gran esfuerzo se agacha por el maletín y saca varios medicamentos. Ingiere 15 pastillas en total, luego hace gárgaras con tres bebidas y lleva un vaso con agua destilada a la mesa de noche. De espaldas a Libia, se acuesta en la cama con la ropa mojada. Ella voltea hacia él, le pasa tiernamente la mano por la cabeza y besa su hombro. Ubert voltea con desdén para responder la atención. Sin embargo, una extraña pulsación debajo de su ombligo, producida por la figura desnuda de su vieja, le transforma el rostro. El ambiente lúgubre de la habitación permite que los pliegues de la piel de Libia formen bellas figuras que excitan a Ubert. Ella, muy serena, con la misma ternura con que ha acariciado la cabeza de él y los ojos encharcados, despoja a su marido del abrigo húmedo, la camisa, la correa y el pantalón. Llevan más de 20 años sin acercar sus cuerpos desnudos.

A un par de horas del amanecer, Ubert y Libia terminan el sexo más tierno y añejo que algún habitante a esa hora pueda tener. Libia le acaricia la barba mientras sueña con él y Ubert se masturba pensando en ella.




Prostitutas Cursis

Primera confesión de esta maldita curislería
que invade a los personajes del prostíbulo más grande,
del chochal de amores estancados.

Daniela

Rodé por el abismo de la necesidad vacia de excusas y terminé en terreno de historias camufladas con entrelineas que narraban momentos mios. Momentos que desconocía mi imaginación pero que interpretaban muy bien mis manos. Un talento desperdiciado. Unas memorias guardadas en servilletas. Y una confesión de mi cursilería.

Adios. Hasta Pronto. Luego nos vemos

Después de mucho tiempo de haber publicado las tres primeras partes (I,II y III), por fin ha llegado el momento de ver cómo concluye la historia.

IV

El (re)cuento de un cuento sin terminar.

Doña Paulina llega a su casa y observa con asombro el lugar. Sin pasar del marco de la entrada, la anciana escucha a la vecina, quien intenta ponerla al tanto de la situación. La verdad es que ella no sabe mucho, no fue testigo de lo ocurrido, pero hace un gran esfuerzo para que el ‘golpe’ que se llevará Doña Paulina, no sea tan fuerte. Ella no puede salir del asombro al ver su hogar. No imaginaba encontrar todo tan, como expresarlo… ¿organizado? Suponía que sería un desorden.

Cuando María le pasó el auricular a la abuela, imaginó que la noticia de un robo en su casa, sería algo que la podía afectar. Sin embargo, nunca entendió porqué le había dolido tanto el hecho, si los robos en ese barrio son comunes y ésta no era la primera vez que le sucedía.

Con desaliento y decisión, Doña Paulina avanza unos pasos hasta llegar al sillón de la sala que está delante del altar. Un espacio de la casa considerado santo, donde ella pasa la mayor parte del tiempo. El altar está adornado con dos floreros a los lados, tiene alrededor de 128 imágenes y 94 estatuillas a escala, entre las cuales se encuentran los santos más reconocidos y desconocidos. Pero hay algo que falta. En el centro del altar, donde suponía ser el espacio de la estatua más grande del sagrario, hay un vacío.

La anciana observa con tristeza su pedazo de cielo. Siente una desconcertante necesidad de reclamar por el mal trabajo de aquellos santos que permitieron el robo, pero al mismo tiempo su corazón se aflige al detallar lo desprotegido que se ve el habitad del Señor.

María Camila no deja de observar con alegría el ir y venir de los aviones. El aeropuerto es su lugar favorito. Desde ahí imagina mundos e historias inconcebibles. Hay miles de cuentos que recrea en su casa cuando visita este lugar. Sus ojos brillan con las luces de la pista y en el rostro no se puede identificar nada de lo que está imaginando.

Samuel deja caer de nuevo un par de lágrimas mientras la observa. La tristeza lo invade y verla tan fuerte lo confunde.

-¿Papi, es posible que mi mami no llegue hoy?

Pregunta inocentemente María Camila, mientras esboza una gran sonrisa.

- No linda,-contesta Samuel, mientras se limpia los ojos- el vuelo ya llegó y tu mami no tarda en aparecer por aquel túnel.

María Camila corre rápidamente, donde señaló su padre. Llega hasta el vidrio que hay en la puerta de acceso al túnel y desde ahí observa el pasillo por donde llegará. La alegría por reencontrarse con ella, al parecer, ha hecho que olvide la tragedia del día: la muerte de Luna.

Samuel se sitúa detrás de la hija y desde ahí puede observar el grupo de personas que acaban de llegar. El delgado cuerpo de su esposa encabeza el grupo. Trae una maleta pequeña en la mano derecha junto con el bolso y en la izquierda un paquete muy llamativo, que Samuel supone un regalo para la niña. Él agarra de la cintura a su hija y la sube en los hombros.

-Mira mi amor, allá viene tu mami. ¿Si la ves?, es la de blanco

María Camila sonríe y agita los brazos para llamar la atención de su madre.

- Si papi, ya nos vio.

Gabriela, la mamá de María Camila, agita el brazo donde lleva el paquete y lanza varios besos hacia ellos. Ella sigue el recorrido del pasillo que conduce a la sala donde se recoge el equipaje. Samuel y María Camila la pierden de vista.

- Dale papi, vamos a la parte de abajo, por donde sale mi mami. Dice María Camila, mientras patea con cariño a su papá como si fuese un caballo.

Samuel sigue el juego y simulando un paso fino, ‘galopa’ hacia el encuentro con Gabriela.

Son las 10 de la noche. Jacobo lleva veinte minutos en la sala de espera, escribiendo en el cuaderno unas palabras que le producen llanto. Termina de hacerlo. Seca sus lágrimas y va hacia el teléfono. En el primer piso del aeropuerto, marca de memoria un número telefónico. Espera varios segundos mientras suena el tono. Al otro lado de la línea, entre risas y algarabía, contesta la voz dulce de una mujer. Jacobo permanece en silencio, sabe que esa voz pertenece a Mariana. Intenta hablar, pero los nervios y el miedo no se lo permiten. Mariana continúa un momento en la línea insistiendo que le hablen, no encuentra respuesta. Se aburre y cuelga el auricular.

En situaciones normales Jacobo ya estaría en la sala de espera ansioso por subir al avión. Pero esta ocasión sí que ha sido una total disyuntiva. Sabe que no tiene nada que hacer en Colombia. Sabe que Mariana ya lo olvidó y no quiere verlo. Pero también sabe que es muy difícil dejar todo ese camino construido en estas tierras. Además este viaje tiene otra connotación; no hay tiquete de regreso.

Jacobo no puede ocultar, de nuevo, el llanto que se ha apoderado de él. Sin haber colgado el auricular en su puesto y con el cuaderno de Winne Pooh aferrado a la otra mano, llora como un niño. Llora como aquella noche que llegó a su casa tras haber terminado la relación con Mariana. Una noche particular donde lloró en los brazos de la mamá, quien se solidarizó sólo como una madre puede hacerlo en estos casos: en silencio y con amor.

La situación de Jacobo, aunque es muy trágica y podría robar la atención de los que están cerca, no es así. Al lado de él, está una familia –un joven, una joven y una niña- que en contraste, se abraza con felicidad, ignorando el dolor de este escritor. Tan sólo la niña, por un momento, se percata de la posición que tiene Jacobo en el suelo. Ver un hombre arrodillado en un aeropuerto, no es algo de todo los días. Sin embargo, la niña no se da cuenta del llanto y rápidamente se distrae con un paquete que tiene en las manos.

Gabriela sale por fin de la última sala que la ha separado de su familia. Los viajes en su trabajo son constantes, sin embargo no ha perdido el encanto por los rencuentros con su hija y esposo. Como es habitual corre a los brazos de María Camila, suelta lo que trae en las manos, la abraza y besa en la barriguita hasta que la niña no puede con la risa. Luego, sin bajarla, besa a Samuel en la boca, lo abraza con la mano que tiene libre y quedan los tres en un solo abrazo.

- Mis amores, no se imaginan lo mucho que los extrañé. Dice Gabriela sin dejar de abrazarlos.

- Y nosotros a ti mami. Contesta María Camila.

Gabriela baja a la niña, voltea hacia las maletas y el paquete que dejó en el suelo. Agarra sólo el paquete y tiernamente se lo entrega a la hija.

-Preciosa, toma, te traje un regalo… bueno, les traje. Dice Gabriela observando con picardía a Samuel.

María Camila toma en sus manos el paquete y se sienta en el suelo. Por un momento le roba la atención un joven que está muy cerca, el cual parece estar rezándole al teléfono. María Camila piensa que debe ser una llamada bien importante la de ese joven y aunque siente ganas de ayudarle, pues su papi tiene celular y podría regalarle un minuto, el regalo que tiene en frente no la deja hacer otra cosa que abrirlo.

La niña rompe el moño que envolvía el paquete y tira con fuerza de papel hasta quitar todas las cintas. De la bolsa sale un hermoso collar dorado, con una medalla en el centro, que tiene grabado en letras plateadas el nombre: LUNA. La niña, de espaldas a los papás, observa con asombro el regalo. Con ambas manos sujeta el collar y lo mira con tristeza. Arrodillada ahí en el suelo, levanta la carita y voltea hacia donde Samuel y Gabriela, quienes han estado a la expectativa. Samuel no ha podido saber qué es lo que contiene el regalo.

María Camila con las pequeñas manos abiertas, expone el regalo al papá. En su rostro ha desaparecido el gesto de alegría que tenía hace unos segundos. Con los ojos aguados y el seño fruncido, mira a Gabriela, quien no entiende la reacción de la hija.

- Un collar digno de la mejor mascota, que imagino hoy lo ratificó. Dice la madre, tras una tímida risa.

Gabriela estira los brazos, para ayudar a que la niña se levante, pero ésta la esquiva y clava la cabecita al suelo.

Apretando fuertemente el collar, María Camila grita, llora y patalea desconsolada por aquel regalo. El llanto ahoga sus palabras durante varios minutos. Cuando está más calmada, sin levanta la cabeza dice.

- Gracias mami por el regalo, pero Lunita no podrá lucirlo, pues las cenizas ya las tiramos al cementerios de los gatitos.



Doña Paulina lleva dos horas arrodillada frente al altar. No ha comido ni ha pronunciado palabra alguna. Tampoco ha cerrado la puerta de la calle, por donde el vecindario observa absorto la actitud de aquella anciana que parecía ser inquebrantable. Para los habitantes del barrio esto es insólito, La General nunca había dado muestras de sensibilidad por nada. Sin embargo, lo que habría de venir, nadie jamás lo soñó.

El espacio vacío del altar antes estaba ocupado por una hermosa estatua de la Santísima Virgen hecha en plata. Un hermoso trabajo artesanal que había sido importado desde Roma. Una Virgen que para la anciana tenía un valor especial (adicional al del dinero). Aquella figura de plata, era el único, de todos los objetos que había en la casa, que el propio Papa Juan Pablo II en persona, había bendecido. Un objeto invaluable.

Doña Paulina clava la cabeza al suelo, en señal de reverencia y respeto. Ahí no aguanta más. Con fuerza le pega en repetidas ocasiones al suelo y comienza a llorar desconsolada. Maldice la suerte de los ladrones. Desea con odio la muerte de aquellos que fueron capaces de robar una virgen como la suya y apetece su propia muerte. Ya no tiene nada porque vivir.

FIN


Extraño Silencio

Algo viejo.
Quizá algún día una canción.
Producción visceral.
Motivo...
Celebrar que Pepito Metralla
lleva un año dando bala
Extraño tu aroma, tus ojos, tus besos
y aquel silencio con el cual no puedo escuchar lo que dices.
Extraño la algarabía de tus entrañas
y esas palabras que enredan tus miradas.
Extraño aquel mayo en donde no parabas de hablar
y me contaste tanto de ti que hoy no puedo recordar.

Me alegra no haberte preguntado tanto,
las respuestas fueron suficientes para enmudecer mi curiosidad
y para que hoy desee recordar lo que no sé.
Me alegra haber esperado por el silencio más absurdo
que me encarceló para siempre por no ceder.

Vuelve y calla para escucharte muy atento
Vuelve y dime con un beso lo que sientes
Trátame de estúpido por no entender tu lenguaje,
pero luego explícame con caricias suaves cuánto me quieres.
Por favor no perturbes este silencio que es perfecto,
para escribirte lo mucho que te quiero.

Extraño tu silencio, con el que aprendí a conocerte.

¿Aló?


Suena el teléfono. Es mi padre. El viejo siempre se preocupa por saber cómo estoy. Sin embargo, en este momento poco o nada me importa su saludo. Cuelgo al cabo de repetir las mismas tres frases de todas las noches: “sí, estoy bien… claro, luego te visito… chao”.
De nuevo mi angustia y mi zozobra por saber si llamará. Que situación tan estúpida. Que güevón me he vuelto. Por qué simplemente no levanto el auricular, marco su número y llamo. No. No soy capaz. Me cago del susto. ¿Será que desea hablar conmigo?. ¿Le importará acaso sí estoy bien?. Y sobre todo, ¿me habrá perdonado?.
Han pasado tres horas desde que hablé con mi padre. No he parado de observar el teléfono, como tampoco, de escribir y escribir para la estúpida editorial que publica cuanta güevonada garabateo en este viejo computador. La verdad, creo que ya estoy quemado. Pero ellos dicen que soy la mejor pluma de este país y que lo escrito a mi nombre, seguro será bueno.
La historia, que mi dedos dan vida en este instante, poco tiene que ver con lo de siempre. No puedo evitar que la curiosidad y la ansiedad por esa llamada, reflejen los párrafos de este artículo. ¡Maldita sea! Esto se parece a la primera tarea de la escuela de literatura. ¡Qué asco!
Un cigarrillo, un poco de vino, una pausa y… el teléfono. Que cuadro tan patético. Seguro si algunos de mis admiradores me vieran así, dejarías de sentir esa pendejada que sentimos por los ídolos imaginarios.
Me aburre el silencio de este cuarto. Me aburre el olor a crema humectante que hay en el ambiente. Me aburre esta sensación tan estúpida por saber de ella.
Suena el teléfono. Es ella. “¿Aló?”… Nadie responde. No me importa… sé que es ella.

Adiós. Hasta pronto. Luego nos vemos

Al Amigo
III

Una aterradora mirada a un drama aislado


En la entrada del túnel que conduce hacia la sala para abordar los aviones de vuelos internacionales, una familia completa: mamá, papá, hermano, tía, prima, novia y el amigo de toda la vida, están despidiendo al deportista “orgullo de la casa”. El joven parte hacia Argentina con la ilusión de que sus dotes como futbolista logren vincularlo a un reconocido equipo de Buenos Aires. La algarabía de esta típica familia, y no el segundo llamado de la operadora para abordar, logran sacar a Jacobo de la lectura que lo ha entretenido durante la espera. Aquella imagen de llantos, despedidas y abrazos con fuerza, le recuerda uno de los primeros cuentos/poemas/cartas que escribió para Mariana. Una carta –sí, definitivamente ésta fue una carta– que narraba lo terrible que era para él abandonarla cada noche cuando partía de la universidad hacia la casa, sabiendo que mientras él recordaría su aroma, ella no se daba ni por enterada de su existencia.
Para Mariana los seis años al lado de Jacobo fueron una experiencia inolvidable. Quizá nunca había estado tan bien atendida y quizá no lo vuelva a estar. Desde el comienzo sintió que aquella unión no sería eterna, como lo escribía Jacobo en todas las cartas que le regaló. No imaginó una vida al lado de un ser tan hermoso y tan pasivo, por eso, cuando este soñador comenzó a hablarle de matrimonio, de vivir hasta que la muerte los separe, de esto y de aquello, la despedida comenzó una irremediable carrera, que Jacobo nunca quiso observar.
Después de varias discusiones, ires y venires, sobre el temita del matrimonio, Mariana tomó la difícil decisión de confrontarlo y hacerle saber que para ella ya era tiempo de cerrar el ciclo. Para Jacobo esto era imposible. ¿Cómo pretendía Mariana que se separaran, sí toda su literatura, sueños y musas estaba ligadas a ese pequeño cuerpo? La respuesta fue fácil, sentándolo tres horas en un café, con toda la frialdad de la vida, diciéndole que esto se acabó y que por favor no la vuelva a buscar, que todo estuvo hermoso, pero que ya estuvo bien, que hasta aquí y que si quiere cuente con ella como una amiga incondicional. Todo un acto diplomático que dejó a Jacobo sin argumento alguno.
Antes de dirigirse hacia el túnel para abordar el avión que lo llevará a una nueva vida lejos de la tierra que lo hizo tan feliz y tan cautivo al mismo tempo, Jacobo se acerca a la cafetería que tiene delante, en donde están sentados un joven de unos 28 años y una niña que no supera los diez. En el mostrador ordena un café expreso en vaso grande, luego se sienta en la mesa que está al lado de la pareja y de nuevo se introduce en el libro que lo ha entretenido todo este tiempo.



Doña Paulina permanece en silencio contemplado una llave de color azul que está anudada al manojo de llaves de su casa. En su rostro se refleja una impotencia terrible por el cambio que ha tenido el día. Ahora está sentada en una sala de espera del aeropuerto El Dorado para ver si logra adelantar el viaje. Todos los planes culinarios de la mañana han muerto.
Desde que llegó a la casa de la familia Velásquez y tomó el auricular para atender la llamada proveniente de Cali, su actitud cambió y su fuerte personalidad se vio quebrantada. Tan sólo la nieta sabía de lo sucedido, pero como no era normal verla así, el resto de la familia intuía que la llamada traía malas noticias. Cuando Doña Paulina terminó de hablar, soltó las bolsas en la entrada y se dirigió a la habitación. Estando ahí, se acostó sobre la cama en posición fetal y no paró de llorar por más de media hora.
Julio Velásquez, el hijo de Doña Paulina, no ha dejado de insistirle a las operadoras del aeropuerto El Dorado para que le den un cupo en otro vuelo con destino a la cuidad de Cali. La afluencia de viajeros en esta época hacia aquella cuidad, ha dejado casi sin esperanza a la pobre vieja. Lo máximo que ha conseguido el hijo de la anciana, es poder enviarla en el avión de las 7:30 p.m. y no en de las 9:00 p.m. como dice el tiquete de reserva.
Después de cinco horas de permanecer en silencio y observar la llave, Doña Paulina se levanta de la silla y se dirige con los ojos llenos de lágrima hacia la cafetería del lugar. Ahí ordena un trago de Anís doble y se lo bebe de inmediato, al igual que el siguiente y el siguiente que les sirvieron por órdenes propias. De inmediato se seca las lágrimas, voltea hacia donde está la familia y con ahínco les dictamina que es hora de dejarla sola, no necesita más del pesar que sienten ahora por ella.
Sin despedirse de ninguno de los familiares, Doña Paulina, agarra su maleta y con el ánimo de no incomodar más a la familia Velásquez, se dirige a la sala de espera donde sólo ella puede entrar.



Han pasado cinco horas desde que Luna viajó al cielo. Cinco horas desde aquel infortunado accidente, en que Maria Camila fue testigo ocular de la muerte de su hermosa guerrera, por la cual hasta el momento no derramado ni una sola lágrima. La reacción de la niña ha dejado atónito a Samuel[1], quien corrió con todos los papeleos para que el cuerpito de la gata fuese cremado.
Maria Camila y Samuel va rumbo al aeropuerto ubicado en las afueras de la ciudad, con el fin de recoger a la mamá de la niña, que viene desde Cartagena, en donde ha estado el último mes por cuestiones de trabajo. En la parte posterior del automóvil va el cofre con las cenizas de la gata. El silencio reina. La niña observa atenta el paisaje de los cañaduzales que acompaña la carretera por donde transitan. Para ella esta imagen es un valle inhóspito, donde no hay vida. La oscuridad de esa noche sin luna, hace juego con los bellos ojos negros de María, que traen consigo una aterradora tristeza.

- Papi, detén el carro. Dice María Camila rompiendo el silencio.
- Por supuesto hija... ¿No te sientes bien?

María Camila no responde. Samuel orilla el automóvil y detiene por completo el movimiento. La niña abre la puerta del copiloto, en donde ha estado sentada. Afuera, abre la puerta trasera del auto y saca el cofre aún sin pronunciar palabra.

- Este valle es el lugar perfecto para las cenizas. Es un valle muerto. Comenta María Camila mientras observa el horizonte de los cañaduzales.

Samuel al oír esas palabras tan frías salir de la boca de semejante ternura de niña, involuntariamente deja caer varias lágrimas de sus ojos. María Camila en tanto, ya se ha alejado unos cuantos metros de carro. Estando ahí, la niña abre el cofre y deja volar las cenizas y vuelve con éste en la mano.
Al acercarse al carro, observa al padre y deja esbozar una sonrisa.

- El cofre me lo llevo, porque le puede servir a mamá. Ahora vamos por ella, que nos cogió la tarde.

La niña sube al carro y Samuel con el rostro destrozado por la tristeza sigue conduciendo hacia el aeropuerto.


El viaje de la anciana fue un tormento. Hubo varios momentos en donde los vacíos producidos por el avión, le ocasionaron fuertes dolores de cabeza. Veinte minutos de vuelo en los cuales los pasajeros que viajaban con ella, la tuvieron que soportar. No paró de gritar y quejarse por las dolencias.
La anciana esperaba ver una cantidad enorme de personas en el aeropuerto, quizá porque quería tener el consuelo de sentirse acompañada por desconocidos que hacían bulto y calor humano, o por la supuesta afluencia de visitantes a Cali. Sin embargo, el lugar está más bien desolado. Hay unos pocos viajeros esperando para abordar, unas cuantas personas a la expectativa por los que llegan y un trío de individuos en la única cafetería que está disponible en el momento. Aquella imagen robó su atención, pues en ellos veía una tristeza igual o mayor a la que se apoderaba de su corazón. Por esto, tomó la decisión de postergar por un momento la inevitable llegada para hacerle frente al problema y se dirigió hacia ellos, para hacer parte de tan triste cuadro. En el mostrador ordenó un Anís y se sentó en la mesa del rincón que le permitía observar a los tres: un lector solitario, una niña sin brillo en los ojos y un joven que no puede ocultar las ganas de llorar.

[1] Creo que a él no se los he presentado. Pues que les digo; Samuel es un joven alto, de piel blanca, cabello oscuro y rizado, de contextura gruesa. Tiene 28 años, Ingeniero de profesión, padre de Maria Camila e hincha empedernidote de uno de los equipos más tradicionales de Colombia: el América de Cali. Aunque Samuel es un joven apasionado por la rumba y algo manipulador con el sexo opuesto, es muy débil. Le rompe el corazón ver cuando su hija sufre y cada que le sucede algo desafortunado, por más ínfimo que sea, llora a escondidas.

Esquemáticos, anacrónicos y Layouts

“11:42 a.m. Esperando el almuerzo; esperando que las teclas den formas a frases que suenen; esperando que el tiempo no juegue más con la incertidumbre; esperando que lo previsto se vea y que lo olvidado se crea”.

Enmarcar la vida y reseñar los sucesos en cuadros que tienen códigos de múltiples lecturas, es algo que a Simón[1] le apasiona. Trabaja día y noche en ello y hace un estudio –casi antropológico- de este fenómeno. No es pintura lo que hace. Tampoco es arte plástica su labor. Mucho menos trabaja con la construcción. Todo, realmente todo lo él hace por su vida, es mirar el parque del frente por la ventana de su habitación, para entretenerse con las figuras que se aparejan en el vidrio, cuando plasma los múltiples esquemas y diseños de comportamientos que tienen los transeúntes.
Lleva tan sólo un año trabajando (el mismo tiempo de estar desempleado) y los resultado de tan bella labor han sido toda una sorpresa. Por ejemplo, ha notado que el patrón de búsqueda en lo animales para hacer sus necesidades es el mismo. También ha encontrado que los código de cortejo entre hombres y mujeres (no importa la edad) es tan primitivo como el de las mascotas. Y ni hablar de las múltiples rutinas que se encierran en su ventana repintando las figuras una y otra vez, día tras día.
Medir en esquemas a las personas y marcar diseños del comportamiento quizá haya sido el trabajo de filósofos en tiempos pasados (o presentes), que de darse cuenta del estudio de Simón, no podrían con la risa. De igual manera, deben existir cantidades de libro que Simón nunca leerá, en donde todo lo que él ha hecho ya esté comprobado o refutado. Pero, ¿cómo decirle a un soñador que deje de imaginar el futuro, que deje de vivir en pro en lo que vendrá y que deje de ocultar en su labor el verdadero significado de su situación?.
Hoy, en el rincón derecho inferior de la ventana queda el único espacio sin rayar. El mismo espacio que le sirve como universo, como excusa y como herramienta para continuar con su labor, que ahora se vé empañada por la lluvia estúpida de sus ojos que han vuelto a caer en la incongruencia de presentar/sentir algo como propio, cuando ha correspondido –desde hace varios meses- a otra época.

1 A Simón lo describen tres cosas que siempre lleva consigo: el libro de El principito, la película Casablanca y la canción el Nocturno de Chopin.



Mismo título, diferente visión

Adiós. Hasta pronto. Luego nos vemos

Al hermano.
II
Todo está ahí, a luz dEL que no ve
Doña Paulina está en la galería escudriñando como siempre, entre los bultos de las frutas, con el fin de encontrar las que estén en mejor estado. No soporta a los verduleros que pretenden engañarla con frutas podridas o verduras quemadas por el frío. Nunca ha dejado que nadie le haga el mercado y mucho menos que le colaboren con la preparación de la comida, su mayor especialidad.A pesar de sus fuertes dolencias en los músculos, que sus hijos creen invento por su constante queja, la anciana es capaz de cargar con siete bolsas bien pesadas, desde la galería hasta la casa de la familia Velásquez. Simplemente, se encomienda a la Santísima virgen María, besa su escapulario, revisa que la llave esté en el bolsillo, agarra las bolsas y camina sin mirar, ni saluda a nadie.
Las calles están desoladas, tan sólo aparecen por ahí unos cuantos deportistas madrugadores, que observan con extrañeza la actitud de aquella anciana de seño fruncido y paso rápido. Tras caminar las siete cuadras, se detiene, sorprendida y agitada, ante una imagen inusual en la casa de los Velásquez. La nieta, y el resto de la familia, la esperan en la entrada. Doña Paulina no es de emocionarse con los detalles cariñosos e inesperados, pero este acto la alcanzó a contentar un poco. Era como si por primera vez su presencia, en muchos años, cobrara importancia para ellos. Sin embargo, su nieta, de quien no recuerda su nombre, pero que siempre le dice María (nombre bíblico preferido), se acerca a ella con el teléfono inalámbrico en las manos y una cara de melancolía no muy acorde con lo que imaginaba la vieja.

Desde que Jacobo estrechó la mano de Mariana[1], sabía que había llegado la mujer perfecta para darle sentido a su rutina. Una diosa llena de complicaciones, ternuras e indecisiones, que formaban parte de esas extrañas cualidades que lo alentaban para querer conocerla más y más. Nunca le importó las contradicciones que se presentaban día tras día, incrementando el amor, que siempre aseguró haber sentido, incluso antes que se cruzara en su camino.La idealización de las personas que ama, es otra característica que ha llevado consigo este enamorado de la escritura, el romanticismo y el dolor. Ahora, como era de esperarse, la manera como se acercó a Mariana fue a través de uno de los muchos escritos que le había dedicado en silencio cada noche. Escribía como un enfermo poemas, cuentos y hasta novelas fantásticas que algún día piensa publicar.
De todo este proceso de escritura, quedaron 21 cuadernos completamente llenos y dos años cansados de perseguir entre sombras una sonrisa, una caricia o un simple hola, suficientes para enrojecerle hasta el tuétano. No obstante, aquel 12 de Mayo, que sin duda nunca olvidará. Mariana muy decidida, lo abordó en un pasillo de la universidad, para hacerle frente a los rumores sobre el supuesto encanto que él sentía por ella. Un inicio perfecto, de un amor sin recesos, que vendría a durar seis años.
“Tal vez el cielo no sea tan oscuro. Tal vez si subimos más allá no habrá
luz. Tal vez sea yo el que lo quiera ver así, con el negro más hermoso. O quizá
sea mi estupidez la que llene de melancolía este cuaderno que tú me
regalaste
”.
Son las únicas palabras que ha escrito Jacobo en tres horas que lleva de vuelo. No ha dejado de leerlas y re-leerlas, como si estuviera buscando algún soneto en ellas. Después de otros 15 minutos sin levantar la mirada del cuaderno, sale una lágrima de su ojo izquierdo, cayendo lentamente sobre el papel. Arranca la hoja con rabia, la arruga con fuerza hasta dejarla del tamaño perfecto para comérsela y se la come.
Mientras mastica el dolor de la soledad, piensa en lo difícil que fue tomar la decisión de irse hacia Argentina, no porque lo aterrara algo de ese país, sino porque era la primera vez que el despecho y la tristeza se había apoderado de su vida, al punto de convertirlo en el títere favorito de este capítulo en la obra de su vida.

Luna lleva veinte minutos correteando los alrededores del parque, sin permitir que su amita la atrape. El juego del gato y el ratón, aunque en este caso con papeles cruzados, es la manera cómo Maria Camilita se entretiene para que el tiempo de espera se le haga más corto.
- Papi, Luna no se deja coger y ya es hora que yo sea el ratón. Dice María Camila a Samuel, mientras toma aire para seguir en su juego.
- Mi amor, no la hagas correr más, porque se va a ensuciar y en el concurso no le gustan las gatitas sucias.
- Bueno papi, yo me voy hacer la que no quiero jugar con ella y así vendrá aburrida a pedirme disculpas por hacerme trampa.
Samuel sonríe con mucha ternura, mientras Maria Camila de espalda al los puestos de comidas, donde se encuentra Luna, se hace la enojada, cruza los brazo muy seria, puja fuerte y alza la mano derecha.
- Ya. Grita la niña.
Luna inmediatamente corre en la dirección donde está ella y salta fuertemente hasta tocar con su hocico la manito de María Camila, para así sobrepasarla. Maria Camila cambia el rostro de enojo por una deslumbrarte sonrisa y agarra su mascota a besos.
En ese momento, faltando sólo unos pocos minutos para el concurso, en el parque hay alrededor de 200 personas. Este evento desde que se inauguró, se ha caracterizado por convocar mucho público, además del que normalmente visita el parque los domingos. Las mascotas domésticas también son bastantes. Hay desde perros muy elegantes, hasta pequeños monstruotes que carecen de total gracia. Y, como suponía la niña, el felino más hermoso es el de ella. Luna, aunque un poco despeinada y algo sucia, es la gata con más pedigrí del lugar, que seguramente volverá a ganar el concurso.
Maria Camila, con su traje imaginario de guerrera, viste con la armadura de oro a su Lunita y se dirige hacia el campo de batalla. El sol ahora está más candente que cuando llegaron. Luna observa con intriga a sus rivales, luego levanta su pecho y cola, caminando como si flotara, para que las demás sientan su poderío.
La competencia inicia y el turno que le corresponde a María Camila y Luna es el primero en la tanda de los gatos. Mientras todos los perros hacen las pruebas y son premiados, Maria Camila consiente a Luna, le peina la melena y le habla muy cerca de la oreja, dándole ánimos y estrategias para vencer.
- Luna, no dejes que eso gatos feos te vayan a ganar. Tú eres la más hermosa guerrera que ha pisado este planeta. Relájate un poco, porque ahora vienen los obstáculos que tendremos que sobrepasar y no podemos fallar en ninguno.
El turno de Luna ha llegado. Maria Camila corre con ella por la pista de obstáculos, siguiendo el ejemplo de los otros dueños de mascotas. Hace señales para que Luna se meta por un tubo, salte unas cuerdas, brinque por un aro, corra en zigzag por unos conos y llegue a la plataforma, en donde debe hacer un truco que impresione el jurado. Ya en la plataforma, María Camila voltea su cuerpito, levanta la manita y emite la orden para que Luna brinque por encima de ella. Con poco impulso, la gata pasa por encima de la niña hasta llegar al suelo, en un salto perfecto que se roba el aplauso del público. Sin embargo, cuando María Camila, se acercar donde su guerrera lunar, ella cree estar todavía en el concurso y corre para evitar que la niña no la aprehenda, con tan mala fortuna que durante la huída, quien sí la “coge” es un ciclista distraído, que pasa las dos llantas de la bicicleta por el cuerpo blanco del peluche favorito de Maria Camila.

[1] ¿Qué quién es? Pues nadie más y nadie menos que la mujer de grandes ojos (grises), expresiones delicadas, hermosa sonrisa, pequeña estatura, cabellera liza y ondulada en las puntas, refrescante aroma, ¿escribí refrescante?... No, nada de refrescante, el aroma es maravillosa, perfecta e inolvidable. Un olor único y encantador, que siendo invisible, no abandona el carro de Jacobo en toda la noche. Mariana, una estudiante de filosofía, que le encanta caminar, tanto como Kafka, David Lynch y Calamaro, se caracteriza por una frialdad tajante muy bien enmascarada en sus tiernos gestos.

Adiós. Hasta pronto. Luego nos vemos

Al primo
I
El sabor dulce se vuelve amargo al masticarlo

Son las 11 de la noche y desde la ventana del avión, se observa perfectamente el enorme flujo vehicular de la carretera, que conduce de Cali hacia el aeropuerto en las afueras de la ciudad. Desde el aire, las luces de los carros dan la sensación de estar viendo uno de esos circuitos navideños con los que decoran las casas en el mes de diciembre. La imagen entretiene a Jacobo[1] que no deja de mirar con asombro lo corto del recorrido entre la ciudad y el aeropuerto, y lo eterno que se le hizo el día de hoy aquel trayecto en bus.
Normalmente cuando viaja no se fija en esta carretera, ni en nada a su alrededor, sólo escribe unas palabras en el diario, lo guarda en la mochila y cierra los ojos para intentar dormir durante el vuelo. Pero hoy, su mirada absorta vaga entre la carretera, que ya casi no se ve, y el cuaderno de Winnie Pooh que lleva en sus manos, al cual se aferra con fuerza como si fuese el paracaídas que lo protegerá en caso de precipitarse el avión.
La sensibilidad ha caracterizado el comportamiento en la vida de este escritor. De niño sorprendió a sus padres cuando, celebrando el cumpleaños numero siete, rompió en llanto al ver un regalo que le dio la tía Marlene. Este regalo era un pequeño peluche, el cual al oprimirle un botón en el pecho, recitaba una oración muy tradicional que le enseñan a los niños antes de dormir. Los padres no entendían el porqué del llanto de Jacobo, quien después de una hora logró explicarles entre sollozos lo que sucedía. La explicación fue aún más desconcertante: “Papi, Mami, es que… ese muñeco es muy tierno” y volvió a llorar, ahora con la compañía de su madre, que no logró ocultar la emoción ante semejante confesión.
Sin embargo, esta noche y en este momento de su vida, la sensibilidad es un arma de autodestrucción que perturba su existencia.


El amanecer en la zona andina de Colombia, tiene uno de los climas más deliciosos y confortables para dormir. Disfrutar bajo las cobijas de un lento despertar a bajas temperaturas, es el estado ideal de todo buen haragán que desee permanecer en la cama más tiempo de lo normal.
En la casa de la familia Velásquez, una sencilla morada situada en las afueras al norte de Bogotá, domingo que se respete, nadie está despierto hasta después de las 10:00 a.m. Pero hoy, un domingo lluvioso a las 6:30 a.m., todos los integrantes de la familia están levantados. La causa de tan extraordinaria situación, es la visita de la abuela Doña Paulina[2]. Una inaguantable anciana que disimuladamente ha despertando a cada integrante de la familia, entrando en las habitaciones, con la excusa de hacer aseo, cuando la verdad, está solamente haciendo algarabía. Ella no soporta estar en la cama por más de cuatro horas y cree que sí se levanta, los demás también lo tienen que hacer.
Las habituales quejas de Doña Paulina con sus dolencias y la bulla del televisor, -que sagradamente- enciende al levantarse, perturban la calma del barrio. Todos en la casa, aunque están molestos, saben que este será el último domingo, por lo menos de este semestre, que la tendrán a su lado. Por fortuna, la vieja no permanece más de un mes en Bogotá, a causa de su problema con el corazón que la altura incrementa. Hoy en la noche regresará por avión, a su natal Cali.


En una tarde asolianda, con el calor más insoportable, María Camila[3] y su padre, se dirigen hacia el concurso más reconocido de mascotas que se realiza cada año en la ciudad. Van por la calle quinta hacia el parque Sanantonio, un lugar muy tradicional de Cali, en donde se llevará a cabo dicho evento. Éste consiste en una serie de pruebas que deberán sobrepasar los animales (perro y gatos), en donde premian su “alcurnia” y destreza para zafarse de los trucos que exigen.
Luna, la gata albina de María Camila, es la tercera vez que participa en el certamen, con tan buena suerte que se ha llevado el primer puesto siempre. Para la niña esta gata es su mejor amiga, hermana, guerrera, juguete, acompañante, peluche y cualquier personaje que la fantasía le permita convertir. Eso si, permanece el mayor tiempo posible con ella, al punto que prefiere la compañía felina, por encima de la de sus amiguitas del colegio.
En realidad lo del concurso es lo que menos le importa a María Camila, para ella este es el juego favorito, en el que deja volar su imaginación, en donde debe llevar de planeta en planeta a la diosa que salvará el mundo. Esa diosa del planeta blanco, que sí logra la misión, será coronada por tercera vez, debido a su gran labor.
María Camila y su padre han llegado al parque, un tanto vacío para la hora, pues faltan sólo cuarenta minutos para que comience el concurso. María Camila, Luna y Samuel (el padre de la niña) se sientan en una pequeña banca a esperar que trascurra el tiempo para volverse a llevar la corona de la mejor gata de la ciudad. Cerca de ellos hay varios puestos de comidas rápidas, dulcerías y heladerías, que roban la atención de la niña.
-Papi, yo pienso que ya puedo comer helado. Ya estoy bien. Dice María Camila.
-¿Seguro hija? Acuérdate que hasta hace poco tenías gripa.
-Nooo, yo soy fuerte, además si me enfermo Luna me da de ese remedio que me deja otra vez bien.
- Bueno hija, yo te compro ese helado. Pero, no le contamos a mamá. ¿Vale?
María Camila hace una seña con sus manitos como si estuviera cerrando un candadito imaginario en su boca y guiñe el ojo al papá.
-Vale
Samuel le entrega la gata y va al puesto de helados que está a unos tres metros de la banca, mientras ella espera sentadita acariciando su pequeña Luna llena.

[1] Joven alto, trigueño, de rasgos autóctonos, ojos grandes, cabello largo y una sonrisa muy atractiva. Tiene entre 23 y 27 años. Trabaja para una revista en donde realiza crónicas de viajes en lugares inhóspitos y ecológicos. Ama la tranquilidad de su casa y escribir en su diario, que es un cuaderno de Winnie Pooh, todo lo que hace. Su nobleza es absurda –y digo absurda, porque… ¡no puede existir alguien tan bonachón… eso es absurdo! – al igual que su amor por Mariana.

[2] Anciana cascarrabias de unos setenta y tantos años. Desde hace más de 45 años quedó viuda y con cinco hijos a cuestas, que terminó de criar con mucho empuje. Tiene una voz de mando muy imponente, que la ha caracterizado como la General en su familia. De piel muy trigueña, cabello bastante ondulado e irónicamente no soporta las personas negras, ni la ropa oscura. Ama los portarretratos, tener el televisor prendido todo el día, las imágenes católicas y todo tipo de muñequitos de santos (gusto que heredó de su madre, quien era muy creyente).

[3] Bella, dulce y tierna. Así es María Camila. Una hermosa niña de 7 años. Con ojos negros azabaches, cejas abundantes, pestañas largas y crespas. De tez blanca, muy blanca. Tan blanca y pura como la nieve, la cual siempre ha deseado tocar, pues imagina que son las lágrimas cristalizadas de Dios cuando llora de rabia. Ama las nubes, a las que considera el molde de todo lo que está por venir y sirve como suelo para Dios. En el colegio es la mejor de su grado y con todos lleva buena amistad, aunque le molesta un poco compartir de su lonchera, porque no lo que no le cabe en su estomaguito, siempre se lo quiere llevar a su fiel amiga Colombia: una gata de ojos grises que vive y duerme con ella.

Con una gota de alcohol en mi corazón

Suena el teléfono. Son las 4:30 de la madrugada. No es el teléfono de la casa, es mi celular y otra vez es él. La verdad detesto contestar a esta hora, pero sin no lo hago será muy probable que no me deje dormir. Quizá sea algo importante. Quizá necesite de mi ayuda. Quizá sólo sea para joderme de nuevo. Quizá tenga que colgarle y apagar mi teléfono.

Cuando lo conocí me encantó su manera de mirarme a los ojos y hacer que cada palabra que improvisaba yo la creyera. Me fascinaba esa forma de coquetear y de manejar sus atributos de galán. Desde un comienzo sabía que no iba a ser la única, pero era imposible no caer. Sin embargo, nunca imaginé que el tormento de nuestra unión, no iba ser precisamente por otras mujeres.

Nuestra primera noche (mi primera noche) tuvo lugar después de una gran rumba, en donde bebimos como locos y bailamos hasta el cansancio. Con licor en la cabeza fue lo máximo. La desinhibición era total y el sexo el mejor que supo hacerme. Esa noche fue la mezcla de cariño y pasión que toda mujer sueña.

Después de muchos meses, el sexo se convirtió en un ritual posterior a la rumba. Muchas veces no estábamos juntos, pero sabía que si a la madrugada sonaba mi celular, era porque vendría por mí para hacerme suya. El sabor de mis fines de semana se había convertido en el licor y mi paladar gozaba con ello.

La desgracia vino un mes después de habernos ido a vivir juntos. De la locura por los besos con sabor a aguardiente, pasamos a los insultos y gritos con la (mala) modulación típica de un borracho. Era muy común que de un “HIJA DE PUTA… PERRA”, siguiera un “PERDÓNAME AMOR, PERO NI POR EL PUTAS ME VAS A DEJAR”. Ya nada me daba alegría, todo era muy triste. Nunca creía que un ser humano tan especial, tan bello e inteligente, llegase a ser tan estúpido, cuando el licor lo dominaba.

(Por aquel entonces estaba fascinada con Charles Bukowski, un gran escritor que vivió –literalmente- borracho y que su mayor virtud era hacer escándalos en las reuniones de la elite social, a las que asistía completamente ebrio. Que casualidad leer algo que vivía en carne propia. Y yo no creo en las casualidades)

Como era obvio, la relación no continuó. Fue difícil dejarlo –si es que lo hice- porque desde que no vivimos juntos, las conexiones por teléfonos son constantes. Todos los fines de semana me llama ebrio a la madrugada a decirme que me ama; que me necesita; que lo golpearon y que está muy mal; que nunca me quiere volver a ver; que ninguna es como yo; que soy la mejor madre del mundo; que me ama; que me odia; que me desea; que me aborrece; que si; que no.

Definitivamente él no sabe cuanto me entristece su estado (no estado) que tiene los fines de semana. No sabe cuanto me duele que eche a la basura su juventud por una MALDITA botella de licor. Y lo que más me duele es que ese estado me ha hecho desear su muerte.

-Lo mejor es que te hundas en tu idiotez para que yo sufra con mi sabiduría por haberte hecho parte de mi vida. Ahora, ¡PÚDRETE, PORQUE NO TE VOY A CONTESTAR!

¡Ay! Tan lindo ¿Por qué será que no tienes novia?

Todavía recuerdo con total nitidez cuando Mariana vino a mi casa con los ojos llorosos, el ánimo decaído y una hoja en sus manos. Yo hasta ese momento siempre la había visto como la mujer perfecta con la que seguramente iba a tener una relación muy larga y hermosa. Cuando entró a mi apartamento, se lanzó a mis brazos y lloró como loca. No entendía que le sucedía, pero el hecho de tenerla abrazada a mi pecho me encantaba. Era como disfrutar con su dolor.

Cuando paró de llorar –media hora después– me estiró su brazo y me pasó aquel papel que traía consigo. Era una nota que declaraba un amor clandestino y ponía en evidencia a un güevón y su tiniebla. Hasta ahí todo era confuso, pero cuando volteé la hoja me di cuenta que aquel gúevón, era su ex-novio y que dicha tiniebla, era una “amiga” que tenían en común, para ser más exactos “la mejor amiga” de aquel afortunado. “Que buena amiga tenés” pensé en ese momento.

– Si ves Carlitos, ese tipo es un hijueputa… yo sabía que no estaba solo. Lo que no entiendo es por qué me llama todavía y me dice que me ama, si anda con es ESTUPIDA.

– Pero por qué decís eso Mariana. Aquí sólo dice que ella le encanta y además tiene fecha de hoy. Es decir que puede ser que él no quiera nada con ella y vos te estés armando películas en tu cabeza. Además para que necesitas a ese güevón si me tenés a mí. Yo te puedo dar más de lo que cualquiera pudiera dar.

­– Yo sé Carlitos… Por eso es que te tengo como amigo. Tú siempre sabes como sacarme de todo mis enredos. No entiendo por qué sí eres tan lindo no tienes novia. Seguro que ya vendrá una.

Siempre era el mismo consuelo de estúpido. “No entiendo por qué sí eres tan lindo no tienes novia” que fracesita tan MARICONA y TRILLADA. Con vos Mariana son 24 las que me dicen lo mismo, contando a mi mamá, quien es la única a la que le puedo creer ese cuento.

Desde aquel día no hubo noche en que no llamara mi hermosa Mariana. Discutíamos horas enteras sobre la relación que sostuvo con aquel güevón y los problemas que tienen vivir juntos 6 años. Yo la aconsejaba y calmaba sus ataques de llanto cada vez que él volvía. Era mi mejor estrategia para llegar a su corazón. Sin embargo, cuando todo parecía ir bien, porque las conversaciones cada vez era más de nosotros -menos de su relación pasada-, fue cuando vino de nuevo a mi apartamento. Esta vez estaba súper feliz. El motivo era porque había regresado con el GÜEVÓN MAYOR. Motivo que reafirmaba mi inevitable fracaso.

Hoy sigo enamorado de ella. No la he vuelto a ver. Debe ser que sigue con él. La verdad (hago el que) no me importa. Mi vida ahora le pertenece a otra diosa. Una diosa que ilumina mis días y que pasa delante de mí en todas las clases sin darse cuenta de mi presencia. La misma por quién me encantaría volverme otra vez un amguito gay. ¿Será que algunos nacimos para esto?

Melancólico Recogimiento

No es la música. No es el clima. No es el ambiente. No es ella, ni soy yo. Simplemente es la semana y su estúpido estado de reflexión. Y, por esto, se ausenta de mi mente su presencia. ¡Que lástima!

Sofía es un ángel sin alas, ni omnipresencia. Es la mujer con la que quiero problemas. Es por quien quiero dejar esta paz de la soledad. Es una desgracia que deseo vivir, acompañada de mucha mierda en mi cabeza y Utópico de Cáncer taladrando como banda sonora en esta historia.

No debo pensar en nada. Si, reflexionar mucho. No hay nada ahí y quizá no lo haya. Sin embargo, mañana puedo decidir otra cosa. No intenten entenderme, no pretendo que lo hagan.

Ahora me tomó un trago amargo. Un trago de cerveza Poker que me acompaña en esta historia. La que canta Andrés en mis oídos. Una historia donde todos mueren; su nombre es Estúpido y es una canción GENIAL… Tal como me siento hoy… ¿GENIAL?... ¿estúpido?

Imagino el futuro (pierdo el tiempo). ¿Será que si? (conjeturo bobadas). Escucho Prueba y Error (táctica que siempre funciona). ¿Cuánto es mucho y cuánta melancolía se tiene? (pregunta necia). Sólo escribo para esperar (ya tengo hambrecita… ¡LLAMÁ!). ¿Me pasa algo? (no es nada… frescos)

Epílogo
1.
La semana santa me aburre, sobre todo, cuando no he podido ir al X Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá
2. Sofía no existe, no es nadie en particular.
3. Utópico de Cáncer, Prueba y Error y Estúpido son canciones de Andrés Correa, que escuchaba mientras escribía.
4. La Poker estuvo deliciosa.
5. Y, si…tengo vuelta un ocho mi cabeza. La tesis (que ya no tengo). Las responsabilidades con El Clavo (que me llenan de motivación). Mi guión (nada que avanza). Y, lo más mamón, ¿cuándo terminaré el ciclo de la Ingeniería Electrónica?.
6. Aprovecho estas mini-vacaciones para tomar MAXI-DECISIONES.

Re-sabios de viejas mañas

I

Él la ve desde su habitación. A ella le encanta hacer de todo con la ventana abierta y que todos la vean. En varias ocasiones, él se masturbó mientras ella se lo hacía a un amante. Un amor perfecto entre vecinos que no se conocen.
Carlos es un tipo frío, solitario y amante del aguardiente Blanco del Valle. Le encanta perder tardes enteras viendo 'muñequitos' en la televisión y noches completas fantaseando con la vecina. Lee cuanto libro y autor se le cruza. Ama el olor de la marihuana y sueña con tener una productora de cine.
Mariana en cambio, es una mujer descomplicada y alegre. Ama el buen sexo y las aventuras de una noche. No se preocupa por averiguar el nombre de sus amantes, pero de todos conserva algún objeto personal, ya sea, un bóxer, un pedazo de cabello -incluso pelo-, un reloj, una manilla, en fin, lo que les pueda 'robar' después de enloquecerlos en la cama.
Aunque Mariana ya sabía desde hace mucho tiempo que su vecino la observaba, fue ella quien fingió sorprenderse al verlo una noche mirando por la ventana cuando se desnudaba para acostarse a dormir. Él se quedó inmóvil y no supo que hacer. Ella en cambio comenzó a escribir con lápiz labial en la ventana su número telefónico.
No pasaron cinco minutos cuando el teléfono de Mariana sonó. “Papá yo contesto” dijo Mariana, imaginando que su amante del balcón la estaba llamando. Como no lo iba hacer, ella era toda una tentación y él un pobre solitario que soñaba con su humedad. En efecto era él, con su voz ronca y sensual, a Mariana le pareció escuchar un locutor nocturno de eso que hablan de Jazz en una emisora de las que escucha Juan.
La llamada fue corta. Ella quedó en ir a su apartamento inmediatamente. Carlos no lo podía creer, todo había sido fácil. Además tenía total confianza en sí porque suponía que era la primera vez que Mariana lo pillaba. Todo estaba a su favor. Él conocía sus gustos en el sexo y ella no lo sabía.
Bastó con 15 minutos para que Carlos quedara exhausto y las mismas facciones de satisfacción en el rostro de Mariana. Para ella todo había funcionado, no podía creer que en tan poco tiempo haya sentido todo lo que sintió. Quería repetir, pero no podía, “mañana es lunes y tengo que ir a estudia”. Carlos entendió, debe estar en parciales y por esa época no se puede faltar a clase. “Bueno nena, espero que te vaya muy bien mañana en la universidad y no olvides pasarte por acá cuando quieras”. “Claro, pero será cuando salga del colegio” respondió Mariana riendo, mientras salía del apartamento.
Mariana se fue sin llevarse nada de él. Era la primera vez que lo hacía. Tal vez por el afán. Tal vez por que nunca volvería.
II
Carlos contó por primera vez y en exclusiva a Sebastián, su gran amigo, sobre la noche fugaz que tuvo con Mariana. Lo narró en tono depravado y totalmente apasionado. Describió cada una de sus caricias y la forma en que esos quince minutos se volvieron toda una eternidad. Quince minutos que han servido para hacer el ritual de la mano durante tres meses seguidos -tiempo que lleva desde aquella noche en que esa culicagada pasó a su apartamento y se lo merendó-.
Mariana dejaba loco a todos sus amantes por su sabiduría en la cama y por su gran ternura para enamorar. En sus redes caían los más fríos y pervertidos, al igual que los idiotas y románticos. Cuando digo enamoraba, no me refiero al popular ‘encoñe’ (quedar aferrados al sexo de una mujer) el cual todos alguna vez vivimos. Hablo de amor, de ese amor puro que todos creemos sentir en nuestra primera relación. Porque, simplemente, Mariana con su corta edad y experiencia, es la combinación perfecta entre encanto, delirio y mando.
Recuerdo muy bien las palabras que utilizó Carlos para narrar esa aventura. “No es simplemente excitante, es bello. Te olvidas de la edad, te olvidas del compromiso, sólo ella y yo. Tan pronto entró a mi apartamento, no tuve tiempo de dominarla. Era ella quien hacía conmigo lo que quería. Primero, no pidió permiso para entrar en todo mi espacio y escoger el lugar en dónde quería follar. Luego de aquel vistazo, no dudó en acercarse y preguntar si me había gustado todo el espectáculo que ella hacía con sus amantes para mí. Quede frío. No tenía palabras para responder semejante ataque. Ahora mi supuesta ventaja se había vuelto en mi contra. Cuando estaba a punto de responder –no sé que cosa-, ella me interrumpió. Me besó y dijo: A ver que tanto le sirvió verme en acción, e inmediatamente agarró mi entrepierna y comenzó la gran Ceremonia.No pensé que semejante infante supiera tanto de sexo. Sus caricias algo extrañas –algunas nuevas- me hicieron sentir de todo. No hubo pudor. No hubo respeto. Todo fue un toma y dame, que no había experimentado nunca. Su humedad era increíble. No creí verla más excitada que en aquel momento y -dejáme decirte- ya la había visto muchas veces follar. No es crédito mío. Es totalmente suyo, porque fue su enseñanza la que me dejó bien parado (literalmente)”
Carlos nunca se cansaba de repetir la misma historia. Aquel relato se había convertido en todo un mito urbano. Muchos pensaban que se lo había inventado. Otros simplemente gozaban con su narración para pasar una buena tarde al calor de unos guaros.
Bajo un fuete calor y con el Blanco acompañándolos, Carlos repetía su hazaña. Para ese entonces, historia vieja –tres meses son bastantes, para tener una vecina así y no repetir-. Fue ahí, en medio de su narración, cuando escuchó la voz de Mariana. Era inconfundible aquella voz delicada y aguda acompañada por una risita pícara. Su mejor arma para enamorar.
Mariana se encontraba a dos mesas de la de ellos. Ella tampoco se había percatado de la presencia de Carlos, pues en ese momento era más entretenido hablar con el galán que la acompañaba.
Carlos de inmediato interrumpió su cuento y se acercó a saludarla. Ella lo miró y sonrió un poco. “Hola Mariana” dijo Carlos. “Hola señor... ¿nos conocemos?”, respondió ella muy fríamente. Carlos sonrió, por cortesía, ante aquella respuesta, pero al darse cuenta que Mariana no hacía ningún chiste, dijo: “Perdón, es que te pareces mucho a una chica que solía ser mi amante”. Le dio la mano al galán a manera de disculpas y se marchó para su mesa.
III

“Nunca había sentido tal potencial en tan poco tiempo. No me imaginé que con observarme por la ventana había aprendido tanto de mí y, que yo iba a disfrutarlo tanto como él. ¡No lo puedo creer! Simplemente, fue divino”. Comentó alguna vez Mariana, para sí, mientras sudaba en el baño después de haber disfrutando con sus largos y delgados dedos del placer más grande, un placer que tan sólo se comparaba con los quince minutos al lado de Carlos. Quien pudo tener con sólo haberlo pedido... pero no lo hizo.

Desde que Carlos dejó de relatar su famosa hazaña con la niña de colegio, no se le volvió a ver triste. Nunca se pudo explicar por qué no lo reconoció, por qué lo ignoró, por qué lo había utilizado y, ¡lo más triste!, por qué no lo había vuelto hacer. Sin embargo, bastó con que trascurriera un mes después de lo del café, para que Carlos volviera a enamorarse de Tsukino Usagi, su mona favorita de Sailor Moon y dejara atrás la fugaz india que robó su sueño por cuatro meses. Prefirió idealizar la situación mezclando en su cabeza a Mariana y la guerrera lunar.

Mariana ahora andaba de mano con aquel galán, el mismo que Carlos le tocó ofrecer disculpas por ‘el mal entendido’. Era la primera vez que se le veía estable. Había conseguido trabajo como cajera en un supermercado muy tradicional de la ciudad. Varios de sus compañeros decían que estaba loca. Cuando estaba en 'las buenas', era la más caliente entre los estantes. Pero cuando no tenía ganas de nada, parecía esquizofrénica hablando con su imaginación y confundiendo a los clientes con Carlos.

Cada día la zozobra se apodera más de Mariana. Su discurso era el mismo. Recordaba. Maldecía. Lloraba. Se aceleraba y volvía a llorar. Para esos días ninguna de sus amigas la soportaba. El supermercado había desistido de sus servicios. La soledad se había vuelto su compañera fiel. El destino jugaba con ella; justo cuando necesitaba más distracción, era cuando todo estaba más parco.

Mientras Carlos vivía en la oscuridad de su habitación, la persiana siempre cerrada, enamorado de la rubia con facciones japonesas y calores de Manga; la estúpida de Mariana no hacía otra cosa que vivir llorando por su fracaso, por su perdida, por su payasada en el pasado y repitiendo siempre el mismo lema que todos aprendieron como una Oración: “lo tuve todo con él y lo perdí por culpa mía….mía y… sólo mía”.

Llevaba en esto, un año y cuatro meses. Diez y seis meses de haber estado con un señor taciturno que en quince minutos la hizo feliz. Cuatrocientos ochenta cinco días de los cuales trescientos sesenta y cinco, me había tocado vivirlos a su lado escuchando que otro pelmazo le dio a mi novia, en quince minutos, todo lo que yo no he logrado en un hermoso año.

Ahora en este apartamento, en esta ventana, miro al frente, al vecino, al habitante tras el ventanal, quien desde hace rato no abre la persiana y no observa para acá. Es un cuadro patético que me llena de dolor y decisión. En este momento, mientras mi hermosa Mariana (bello nombre, que anhelaba tuviera nuestra primera hija), se arregla para asistir conmigo al concierto de Charly García, yo escribo mi despedida -llena de dolor y desprecio- en una simple servilleta que encontré en el comedor.

Por cierto y para que no queden como en “Lost in traslation”, lo que le escribí en la servilleta fue:

Añeja mi sangre, para cuando tengas el paladar bien afinado
y puedas catar las gracias de mi amor. Mientras tanto, púdrete en tú felicidad
incierta de esperar en él lo que yo te puedo dar.

Adiós Mariana. Sebastián.

PD:/ Cuando suene Necesito juro que voy a llorar porque en
mi mente ya no estarás
.

De ayer a hoy


3:00 p.m. La ilusión es mucha. Las expectativas pocas. Los recuerdos demasiados. Y el sentimiento hermoso.

Se siente revivir la fantasía de estar a tu lado, de hacer en el sofá lo que no se hace en la sala. De vivir los momentos en la oscuridad de un cine sin poder concentrarse en la película. De viajar tan lejos para volver contento. De no importarme nada y complicarme con temores pendejos.

Hace años que no te siento. La distancia te confundió, la claridad desapareció y el ánimo, más que dañarse, se desvaneció. Jamás te atrapé

Siempre solo imaginando y creando. Blindado por fuera, pero igual de vivo por dentro. Huyo de acá para recordarte allá. Nada bueno. Nada motivante. Todo una mierda.

Ayer el juego de ser novios. Hoy solo en la escritura. Ayer crecí a tu lado y aprendí que lo primero es lo primero, que la memoria se marca y se sufre por siempre. Hoy, tú en cada bebida, en cada lugar y en cada canción. Ayer, Fito, Ekimosis y Arjona. Hoy, el mismo Fito, menos de los otros, más Charly, Calamaro y Spinetta.

-¡¿Y hoy te gusta la salsa?!

Claro, se ha vuelto gran parte de la banda sonora de mi memoria. Simplemente hoy y ayer, ¡Que viva la música!

Ya no me acuerdo de nada -lo quiero negar-… No me quiero acordar -no se pueden vivir de lo que fue-… Quiero olvidarte. -¡Pero lo quiero hacer ya!-... Comenzar de nuevo otro camino. Hoy más
'grandes'. Hoy sin temores. Hoy listo para apostar todo y volver a perder.
–¡¿Otra vez?!...¡Joder!-.

Sangre añeja, venas nuevas

3:00 a. m. Entro y salgo del sueño para ver las imágenes de mi desvelo.

No sé cuantas veces he vivido esto contigo, pero confieso que me sigue gustando. Desprecio. Lujuria. El mismo sentimiento revuelto en la cama. Me gusta ver tus ojos de agua lamiendo mis entrañas. Me gusta esta posición de poderío que te hace sentir humillada. Me gusta tu deseo. Odio tu dolor.

- ¿Sabes algo mi amor?, me encanta este momento.

A mí no. Prefiero entrar y salir sin preguntar. Saltar del momento para matar lo que fue y, hacer de esto un simple recuerdo. Recuerdo que me ayuda a saber lo que fui, pero que nunca me ha impedido seguir sin tí. Vete, vete ahora que ya me cansé de este plato insípido lleno de silicona y hormonas. No eres lo que imaginaba y no sabes a nada.

- Fue maravilloso…Te amo

¿Maravilloso? ¿Te amo? ¡¿Pero qué es lo que tenés en la cabeza?! Esto fue sólo sexo y, del más sucio… ¡Que maravilla! Si, tenés razón, aunque la razón no implica verdad y mucho menos decisión. Y mi decisión Mariana, es dejar el placer. Dejarte para siempre.

- Mi amor, me llamas ahora cuando llegues a casa.

Vuelvo a mi estación. A mi paradero viejo. Al lugar en donde espero encontrar esa verdadera maravilla que implica el amarse y el desease hasta no poder más. Utopías que creen vivir los enamorados, pero que no sirven para vivir. Amor al que se le escribe y que no agradece.

Añeja mi sangre, para cuando tengas el paladar bien afinado y puedas catar las gracias de mi amor. Mientras tanto, púdrete en tú felicidad incierta de esperar en él lo que yo te puedo dar.

Adiós a ti. Adiós Delirio

Ayer no tuve un buen día. Estuve pensando mucho en ti y no supe donde estabas. Sigo añorando los días en que me acompañabas a estar sola. Días en que yo escuchaba el mar y tú fingías percibirlo. Tiempos aquellos en que estabas solo, pero conmigo. ¿Cuándo será que vas a volver? Ahora te vas y no es ahí, no es a mi lado, no es al bar, no es temporal.

Recuerdo la camisa deshilachada y esos converse rosados que tanto me encantaban; esa sonrisa que iluminaba mis días y esa llamada diaria de España que me enloquecía. No es que te extrañe; nunca te he tenido. No es que me muera por tu olor; nunca lo he suspirado. Simplemente me acostumbré a la ilusión de no estar sola porque existes.

Yo, una desequilibrada inmadura que juega con tus canas de viejo decrépito. Tú, un ciego estúpido que no sabe apreciar la belleza. No ves lo mucho que cambié. No ves lo valioso de mi experiencia. No ves mi edad. No ves nada.

Sé que ahora no te parecen delirantes nuestros lugares y que soy insoportable cuando el mar está cerca. Pero, dime cuánto sabes de mí… ¡Ni mierda!, eso también lo sé. Entonces, por qué putas te vas sin comprar mi corazón y sin llevar en esa bolsa un poco de mi razón. Atrévete a hablar, no dejes de decir lo mucho que me deseas. No me desilusiones. Este juego de imaginar toda una vida sin conocerte, me tiene sonrojada y, muy probablemente, con cara de estúpida.

- Son $43.500 caballero… Con mucho gusto y recuerde que es un placer atenderlo. Mi nombre es Mariana, que tenga una buena tarde.

Adiós Delirio. Nuevamente te vas. Hoy en un cuerpo anciano, mañana quizá en una hermosa colegiala que trae su ‘inocencia’ bajo la falda escocesa que tanto te hechiza.

El viento y las cenizas

Es una historia del pasado. Es un pasado que no se ha ido, no porque haya retornado el recuerdo, si no porque no ha pasado. Es la tragedia de un amigo que por estúpido optó seguirla, aunque él mismo sabía, cuan difícil es soltarse cuando uno es masoquista.

Duele, duele mucho el dolor ‘ajeno’, más si en realidad es de alguien que no es ajeno. Sin embargo, parece que la razón obedece a la experiencia en carne propia y, que los maltratos de la vida deben vivirse, sentirse, sufrirse, para luego decir: “Qué mamera parce, ¡achk!”.

Lo curioso de escribir sobre el dolor, es que se puede hacer tranquilamente cuando estás al lado del camino. Se hace más fácil pensarlo y decirlo, pero de igual manera se hace muy difícil reconocerte en el espejo de él. Ese espejo que refleja lo que vos mismo has sido, lo que vos mismo estás pensando hacer. Es soñar con que las cenizas de algo que se quemó, vuelen con el viento, para decir: “Se acabó”.

Pero no se acaba, no como uno cree. Es una canción que durará por siempre, porque así la queremos oír, una canción con dolor, una canción sin fin. Y es inevitable cantar, pero quisiera que él cante para otro público, con otro color y con otra melodía.

Inténtalo. Es bueno arriesgar.

¡Como de Película! … Porno

Primera Parte

Son las cuatro y cuarenta de la tarde, de verdad no va venir, aunque mejor no me ilusiono, porque él siempre llega tarde, dizque por la universidad, ja, la verdad creo que más bien es por rosca, siempre entra más tarde que nosotros y le pagan lo mismo. Pero, y si no vine a trabajar?, eso quiere decir que me va cumplir, ¡que lindo!… ojala sea eso y no que va llegar tarde como acostumbra.

¡Mierda! hoy es sábado y hay que camellar parce, maldita sea…aunque yo pedí permiso para no ir…¿no?, ¿si?...,¡Si!, no tengo que ir hoy, que chimba, porque meseriar todos los fines de semana me tiene mamado, un día de estos me va dejar Clarita por no dedicarle el tiempo que se merece. Hablando de Clara parce, como voy a hacer para zafarme de ella ¿ah?, nooo, si esa nena es más intensa que novia fea y embarazada, aunque... vos sabes que la nena no es fea, ni está embarazada… - bueno eso espero -.

Ya está oscuro, la rumba se prendió acá, eso quiere decir que cumplió, será de verdad que vine a la hora del cierre?, ji, ji, me emociona sólo pensar en verlo llegar más tarde, - “si señor, un momento” -, con su linda sonrisa y su olor dulce, ah, me en-can-ta.
Y la novia?, que no vaya hacerme lo de mi hermana, cuando se le aparecía con esa tonta, sabiendo que la pobre estaba bien tragada de él, menos mal yo no soy así… el dicho mío es: “disfrutá el momento y nada más”, además yo también estoy con Oscar. - “Con mucho gusto señor” -.

Listo parcerito, esta es la última birra, porque ya me cogió la tarde y vos sabes que ando en el carro-bomba (como le digo de cariño a la carcacha de mi padre) y no quiero que por andar bebiendo, se me dañe la noche que apenas comienza.
Estoy llegando y no escucho música, eso quiere decir que ya se terminó el turno, claro!, si es que son las 3:00 a. m… veamos que es lo que me espera… qué tal que no haya venido?.


- “Llegó Tomás chiki, me dijo que te espera en el parquiadero… apuráte y no te preocupés que yo te cubro” -. Me dijo Lina con una sonrisa maliciosa, pues se suponía que nadie se iba a enterar de mi voladita con él, pero que carajos, ya está aquí y no voy a desaprovecharlo, además se vino todo papacito y oliendo delicioso…que rico!.
– “Oye Tomasito, ahí te va mi maletín y esperáme atrás mientras yo saco la basura y me vuelo…ok? -. - “Okay nena, voy prendiendo el carro, pero no te demorés” - respondió.

Y no se demoró, ya la tenía al lado sin pronunciar palabra, manejando rumbo a mi casa, normalmente los finchos no se queda nadie ahí y es perfecto para lo de hoy. Entramos a mi hogar, comenzó a besarme, a tocarme, a quitarme, a calentarme. No me había dicho ni mu, pero no me importaba, estaba siendo feliz y esto me parece un sueño, es como si estuviera en una película porno, donde sólo basta con un: “Hola”, y ¡ya!… a follar.

Entre beso y beso, entramos a un cuarto y, en ese momento nos dimos cuenta que su papá estaba dormido en la otra habitación y me paró el impulso.
- “Entrá ahí… ¡en la cama no!, suena mucho… tirá los cojines al piso y seguí con lo que estás haciendo” -, susurró y… claro que seguí, pues su olor me excita, no lo puedo negar, además ya la tenía en su punto, lista para comenzar la faena. Así que, sin que se diera cuenta ya me había quitado la ropa y lo tenía con los pantalones abajo y...oh!, que delicia, se la lamí hasta que no aguantó más, me tiró con fuerza al piso y se posó encima mío...

Segunda Parte

El 69 fue el principio, sus gemidos y la incomodidad del piso, el final. Qué tal si se levanta mi papá ¿ah?, maldita sea, aquí no se puede, pero que ni crea que me voy a quedar así.
– “Caminá vamos a un ‘hotelsito’ que queda aquí al frente” -. Le dije mientras me vestía. – “El único problema nena es que no tengo billete” -. Me miró con picardía, esculcó en su bolso, se me acerco y me besó apasionadamente. –“Hacele rápido pues, que ya van a ser las 6 (son las 5:35 a.m.) y no puedo llegar tan tarde a mi casa” -. Dijo saliendo de la habitación.

Pasamos la autopista, entramos a la residencia (muy bonita por cierto), pero nada, estaba todo lleno y además esa vaina estaba muy costosa.
– “Ni modo Tomasito será dejarlo para...”-. Me interrumpió con un besó y dijo: - “Vamos para otro que es más barato, no te preocupés” -. Y claro que le dije que si, cómo iba a quedarme con las ganas, así que lo seguí, caminamos, caminamos, caminamos y caminamos hasta llegar a un motelucho.

Nunca me había imaginado estar por segunda vez en este cuchitril, pero no podía quedarme con esta arrechera tan berraca. – “Viejo, una habitación” -. Cómo así??, también está lleno… no jodas…-"Tocó esperar” -.
Aprovechamos ahí para hablar del trabajo, de cómo había sido la noche, cuánto se había hecho en propina, qué tan lleno había estado y era tal la frescura de nuestra conversación, que parecía como si estuviéramos en un café o algo así y, no en el andén de un motel como estaba sucediendo. En ese momento dos parejas, que habían llegado primero, negociaban una habitación para los cuatro, porque ya habían desocupado dos y no querían estar separados. Nos causó risa ese cuadro, pues dos negras inmensas (supongo que prostitutas por la facha), se habían solidarizado con nosotros para que no esperáramos más por el polvito, que bastantes percances había tenido en el amanecer. –“Frescos muchachos que los cuatro entramos a una, para que ustedes entren de una vez a la otra”-. Nos dijo la negra más grande.


Ya se había enfriado la situación, tanto así, que mientras caminamos por el pasillo rumbo a la habitación, lo único que se me ocurre preguntar, es por su novia y lo que pasaría si se diera cuenta …
–“Son $15.000”-, interrumpió la mucama. Saqué la platíca de mis propinas y pagué. La habitación es asquerosa, se escuchan los gemidos de las parejas de al lado y este ventilador no funciona, que mal, con este calor tan bravo. Sin embargo eso no parece importarle a Tomás, porque se desvistió y me besó hasta re-calentarme con su olor y sabor.

Yo no iba a pensar en mi novia, ni en el mocito de esta, no mijita, acá vinimos a follar y eso es lo que vamos a hacer, espero no me vayás a defraudar, pues prometiste ser una maestra en el tema. Y... ¡si señores!, que buena nena, comenzó a imponer el ritmo para iniciar el kamasutra, porque si que sabía de posiciones la muchacha…carajo, eso como se hace, ah!, ya entiendo… y ¿me muevo así?, uy que bien. Esto parece una follada de esas que hace Jenna Jameson en sus películas y yo trato ser uno de sus co-protagonistas.
Para el piso?, listo, ahora parados, sentados, acostados, de medio lado, al revés, así, asa…que bueno, vos sos una flaquita amoldable para lo que sea, que chimbaaaaa!…ahhhhhhhh!...

-“Me hicistes sentir cosas que nunca había sentido… me encantó”- dijo al terminar, me dio un tierno beso en la boca (que me supo a despedida), se vistió, se arregló el pelo, cogió su bolso, me miro y dijo: -“Hoy renuncié al bar, que buena despedida…adiós”-. Salió del cuarto y… ¡Corte!, se acabó la escena, ahora en otra locación: un autobús, un parque, una gasolinera, vamos a ver quien le da el nivel a la mesera.