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Una amarga espera

La crónica de más largo aliento
que hice este año, espero la disfruten.
Aquí la versión completa.



¡La sorpresa!


En la sala de espera se encuentra parte de la familia Cortés. El ambiente es tenso, no sólo por la apariencia de aquel remedo de clínica, sino porque ya transcurrió una hora sin recibir noticias. La paciencia de César no da abasto. Los nervios ya acabaron con las pocas uñas que todavía conservaba medio largas. Ahora se arrepiente por no haber tenido el valor de asistir al procedimiento cuando el médico le dio la oportunidad. Un sentimiento que en lugar de amedrentarlo, lo impulsa a buscar respuestas que sólo conseguirá si burla las restricciones de la sala por donde entró su novia. Reúne las fuerzas necesarias para colarse, pero antes de conquistar la segunda puerta del pasillo, se encuentra de frente con el médico que la atendió. Éste lo mira de arriba abajo con cara de preocupación y sólo atina a decirle:
— Disculpe señor, pero usted no puede estar aquí.
***
Ana Lucía Cortés, la mayor de cuatro hermanos, nació hace veintiún años en el seno de una familia humilde de Sandoná, Nariño. Un pueblo al suroccidente colombiano, donde la familia se ha dedicado a la agricultura y a comercializar diferentes productos de la caña. Actividades típicas de la región que la pequeña Ana nunca disfrutó, pues desde niña jugaba con sus muñecas de trapo a ser doctora, añorando una vida en los hospitales y las clínicas.

Durante la pubertad se las ingenió para convertirse en una visitante frecuente del puesto de salud, el único que había en la zona rural. Ir a ese sitio, que no contaba con mayores lujos e instrumentos quirúrgicos, fue el mejor taller de orientación vocacional que pudo haber recibido. Con el paso del tiempo ya era amiga de varios médicos y enfermeras, como el Dr. Montezuma, un traumatólogo que se encargaba de rearmar los cuerpos de sus paisanos. Sufría y disfrutaba por igual con los pacientes cuando les acomodaban la clavícula, el radio, la tibia y otros tantos huesos rotos, fruto de accidentes propios del trabajo pesado del campo. Fue estando ahí, en una de sus visitas rutinarias al pabellón de los gemidos, cuando se cruzó por primera vez con César, un joven cotero que acudió al lugar por una fractura en su brazo derecho. Un encuentro fortuito al que le continuó una amistad que terminaría en su primer noviazgo.

Una relación discreta, que se mantuvo gracias a la custodia y alcahuetería de Clara Isabel, hermana dos años menor y cómplice de cabecera, quien vivía un romance similar con el primo de César. Aquel tiempo, donde Ana terminaba sus estudios de bachillerato y Clara seguía sus pasos un año lectivo atrás, se vio empañado por la inesperada noticia del embarazo de la menor.

Como era de esperarse en una familia conservadora como la Cortés, el paso a seguir fue ascender de colegiala a ama de casa, de señorita a señora. Un revuelco familiar que terminó por dividir el amor y la atención de los padres. Por un lado estaba la mamá dando la mejor cátedra de cómo criar un hijo y llevar un embarazo saludable. Por el otro bando, el papá y los hermanos concentraban sus fuerzas en alejar de la ignorancia y los caminos de la maternidad a Ana. Entonces, en contra de todo pronóstico económico, la despacharon a la capital vallecaucana para convertirla en “una profesional responsable”. Es obvio que ellos no contaban con que dos años más tarde la estudiante de Fisioterapia repitiera la historia. Como tampoco alcanzan a suponer la decisión que rondaría por su cabeza, ella sabe que aún puede “no decepcionarlos e interrumpir aquella sorpresa embarazosa”.

Recogiendo los pasos

Durante la primera etapa de exploración en el tema del aborto, sólo contaba con lo básico: textos legales y testimonios escuetos de terceros. Hasta el momento lo único que sobresalía era la presunta frecuencia con que se practican abortos en un país donde, según Ley 599 de 2000, está prohibido y se considera un delito con pena de uno a tres años de cárcel.

Si bien es cierto que los casos recogidos tenía en común la clandestinidad e ilegalidad, existen situaciones donde es permitido abortar: cuando el embarazo sea fruto de una violación denunciada, cuando haya una malformación grave del feto que sea incompatible con la vida, o cuando el embarazo represente riesgo para la vida de la madre. Una despenalización que se dio gracias a la batalla legal que libraron en 2006, mediante el proyecto Laicia (Litigio de Alto Impacto en Colombia: la Inconstitucionalidad del Aborto), la Women’s Link Worldwide y el Center for Reproductive Rights, encabezados por la abogada Mónica Roa.

Ahora bien, a pesar del buen número de referenciadas y relatos que había acumulado, ninguna de las implicadas quería contar detalles. No había sido posible reunirme con alguna, hasta hoy, cuando la amiga de un colega accedió y me citó en un café al norte de la ciudad.

Es una mujer delgada, trigueña, de ojos grandes y pelo vagamente ondulado. Da la sensación de ser desinhibida, no sólo por su tono de voz —alto y con una dicción impecable—, sino por el poco tiempo que le llevó entrar en confianza.
— ¿Te cuento de una vez cómo fue o me harás preguntas?
— Primero ordenemos algo de tomar, ¿te parece?
Durante el tiempo que tardó en llegar el par de cafés a la mesa, Dayana narró que es egresada del Liceo Francés Paul Valery, un colegio que tiene presencia en más de 275 países y cuenta con un modelo de educación europeo. También aclaró que tiene veinte años y estudia en la Facultad de Humanidades de la Universidad de los Andes en Bogotá.
— ¿Fue en Bogotá lo del embarazo?—, me atrevo a preguntar para retomar el tema. Ella niega insistentemente con la cabeza mientras termina de tomar un sorbo de café. Luego comienza a revivir la historia remontándose a los días en que cursaba décimo y tenía 16 años.
— Fue muy difícil cuando me enteré del embarazo, porque estaba en el colegio y había sido producto de una relación con alguien que no quería mucho. Nunca pensé que fuera a quedar embarazada, pues me ‘cuidaba’ o al menos así creía. Pero es una bobada decir eso cuando no planificás. Incluso creo que varias veces se le rompió el condón o algo así. Por eso, a estas alturas, sé que planificar no es ponerse un condón y ya.
“Para salir de la duda, fui sola a hacerme la prueba y casi me muero cuando salió positiva. Rápidamente llamé a mi novio que estaba fuera del país. Una semana y media después cuando llegó, le mostré la prueba y gracias a Dios recibí mucho apoyo, al punto que contempló la posibilidad de tenerlo. ¡Era increíble! Él no alcanzaba a dimensionar lo que estaba pasando: ¡¿Tener un hijo a los 16 años cuando tus papás se han matado por tenerte en un colegio?! No, eso no estaba entre mis planes, ¡jamás!”
“Entonces, fuimos a buscar dónde abortar y fue la cagada. Visitamos muchos lugares antes de dar con el que consideramos apropiado. ¡No te imaginás la cantidad de sitios que hay en la ciudad! Desde ahí, descubrí que abortar era la cosa más sencilla de hacer en Cali, bueno y creo que en Colombia. Todo el mundo lo ha hecho, incluso hay viejas que lo hacen por deporte”.
Dayana no ha vuelto a beber de su café. El afán por contar cada detalle de lo vivido no le permite tomar aliento. Tal vez la versatilidad que ha adquirido estudiando Literatura hace que su historia tenga un tono fantástico que por momentos resulta increíble. Supongo que mi expresión de sorpresa y desconfianza le advirtió lo que estaba pensado y por eso decidió invitarme a recoger sus pasos.
El primer lugar que visitamos fue una casa en un barrio residencial que nada tenía de semejante a una clínica. Hoy está remodelada y habitada por una familia que desconoce las actividades realizadas en el garaje por los antiguos inquilinos. Al sitio llegaron referenciados por un amigo de su novio, quien había financiado ahí un aborto de su pareja. No obstante, el desagrado que producía la fachada no la motivó a dar un paso más allá de la improvisada recepción.
Minutos más tarde, impulsados por el temor que sentían para explicar lo que necesitaban, visitaron varias droguerías aledañas con la excusa de cotizar medicamentos que regularan la menstruación. De esa forma era posible que algún vendedor se compadeciera y les ofreciera pastas para acabar el embarazo, o al menos un consejo. Pero siempre obtuvieron la misma respuesta: “esto no sirve para abortar”.
Del barrio farmacéutico continuamos hacia San Fernando, sector tradicional al sur de Cali, donde Dayana señaló la última estación en la que dejó de cargar la cruz. El lugar es una droguería que funciona las veinticuatro horas y todavía es propiedad de los mismos dueños: una pareja de esposos, donde sólo el hombre es cómplice del “negocio” que tiene la enfermera. Su silencio se mantiene gracias al 20% de comisión que obtiene por práctica ($100.000 de ese entonces).
— Al día siguiente, llegamos puntuales con el dinero y comenzamos el procedimiento que fue horrible. Adentro de la sala de inyectología me mostró dos pastillas azules, dos de otro color, dos chiquitas, dos medianas… ¡Eran muchas pastillas! Entonces me dijo: “estas grandes se las voy a meter ya, éstas en dos minutos, éstas en media hora y éstas se las toma vía oral”.
Finalizado el proceso, la enfermera formuló otras pastillas para el dolor, además de ofrecer sus números telefónicos como garantía, por si le subía fiebre o pasaba algo. Cuando Dayana se disponía a incorporarse y trataba de entender las sensaciones de su cuerpo en respuesta a los medicamentos, atendió con cuidado las últimas recomendaciones dadas con picardía.
— Le advierto que no puede tener relaciones sexuales en los próximos dos meses y además durante los siguientes tres días debe usar pañales—, tiempo en el que sufrió profundos e intensos dolores que espera no volver a sentir.
Antes de partir del lugar y separar nuestros caminos, Dayana rememora angustiada los días que esperó para que “la masa” terminara en el fondo del pañal. Tener que asistir al colegio en pañales, sumado a los fuertes retorcijones que no cedían ante las pastas para el dolor, produjeron en ella un coctel de remordimiento que la llevó al límite de la carga emocional. No fue fácil continuar la relación con el novio, que habría de acabarse un mes después, e incluso llegó a sentir culpa a pesar de estar segura que estuvo en todo su derecho.
— Yo sé que el hecho mismo de quedar embarazada es irresponsable, pero no con el bebé, sino con tu cuerpo, con vos misma, con tu autoestima y felicidad. Por eso pensé en mí y no en la bola.
Palabras que pronunció para sentenciar nuestra despedida, dejando claro que el Código Civil colombiano ampara su teoría, debido a que según éste las personas comienzan a existir jurídicamente al separarse del cuerpo de la madre, por tanto el derecho a la vida comenzaría ahí. Pese a ello la discusión sobre la titularidad de derechos de los no nacidos no se ha zanjado aún. Algunos argumentan que empieza desde un momento anterior como la fecundación, la concepción, o al desarrollarse el sistema nervioso en el feto.
Frente a este tema la abogada Roa, en su travesía legal para despenalizar el aborto, tuvo el siguiente argumento:
— No se trata de esperar a que la gran discusión de científicos, filósofos y teólogos sobre cuándo comienza la vida humana tenga una respuesta satisfactoria para todos. Simplemente no creo que sea posible llegar a un consenso. Lo importante, entonces, es entender que incluso si admitiéramos que el no nacido tiene derechos, éstos no podrían considerarse absolutos, pues ninguno de los derechos fundamentales lo es. Todo derecho tiene como limitación los derechos de los demás y deben, por tanto, ponderarse en cada caso los intereses jurídicos en conflicto.

El fin de la espera

Ana mantiene en secreto las ocho semanas que lleva de embarazo, nadie en la familia, ni siquiera César, imaginan que su actitud en los últimos días se debe a que carga semejante noticia. Normalmente las temporadas que pasa de vacaciones en Sandoná las vive al lado de César, salvo los domingos que comparte con la familia, sin embargo esta vez ha estado distante de todos. Es una manera para evitar tener que dar respuestas y razones de su silencio, sobre todo después que ratificó en el puesto de salud, donde todavía visita al viejo Dr. Montezuma para sostener largas charlas, que está embarazada hace dos meses. El médico es, hasta el momento, el único que sabe de su estado resguardándolo como un asunto médico-paciente.

— ¿Cuándo piensas contarle a César que va a ser padre?
— No sé… Realmente no creo que vaya a hacerlo… No será necesario si me ayuda a terminar con este problema.
La sorpresiva respuesta enmudece al médico. Es la primera vez en toda su carrera que una paciente solicita algo similar y jamás imaginó que sería precisamente su aprendiz innata, casi su propia hija, quien lo hiciera. No sabe si lo que espera es un consejo para amedrentarla o una fórmula eficaz para abortar. En cualquier caso él no tiene respuestas.
Por eso, lo primero que se le ocurrió advertir fue sobre los peligros:
— Tú sabes que el embarazo per se es un riesgo, por tanto el aborto es un riesgo mayor que puede tener consecuencias a mediano y largo plazo.
Una recomendación que sobraba, pues la hija mayor de la familia Cortés ya tiene claro las consecuencias de la decisión. Por eso cuando escuchó al Dr. Montezuma continuar con el sermón sobre el gran peligro que corren el embrión y el feto en el primer trimestre —del 30% al 40% de los embarazos totales pueden perderse de manera espontánea—, adivinó que su buen amigo y doctor no quería ser testigo de una práctica similar. Más bien la invitaba a esperar para que la naturaleza escogiera su caso dentro de las estadísticas de autorregulación. Si bien la posición del médico estaba clara, Ana todavía quiere obtener más información.
— ¿Cuéntame entonces cómo se practica un aborto cuando es legal?
— Si la paciente ha sido producto de una violación hay un protocolo donde se hace una serie de pruebas para analizar posibles enfermedades venéreas. Luego se le suministra un medicamento que evita la fecundación, siempre y cuando hayan pasado pocas horas desde del contacto sexual. En el caso de que la paciente consulte tarde y el embarazo haya avanzado, se realiza un legrado, dependiendo de la edad de gestación y los protocolos de la clínica. En algunas permiten realizar el aborto con los mismos medicamentos que se usan clandestinamente, bajo observación. Ya si el embarazo está muy avanzado se realiza una cesárea.
— ¿Y cuáles son esos medicamentos?
El señor Montezuma suspiró:
— No pienso decírtelo mi amor… —Volvió a suspirar—. Espero me entiendas.
***
El laboratorio Serh de la Universidad del Valle, lugar de prácticas para la rehabilitación humana, es ahora escenario del festín para la vida. Se trata del popular baby shower, que los futuros colegas de Ana Lucía organizaron. La decoración no dista mucho de la de una fiesta de cumpleaños, sólo que las bombas y adornos son en su mayoría de color blanco y violeta. En uno de los rincones del salón, donde se arrumaron algunas camillas, se encuentra la recepción en forma de mesa redonda. Para llegar ahí es inevitable cruzarse con el cesto de los regalos. Una estrategia que obligaba a los invitados a despojarse del suyo antes de poderse sentar.

En medio de la música y casi con la totalidad de los invitados presentes, la figura rolliza de Ana irrumpe en el lugar. No puede ocultar el asombro que le produce semejante escena; no esperaba un gesto así por parte de sus compañeros, como tampoco enfrentarse de esa manera a una realidad que hasta el momento había disimulado gracias a su contextura física. Su estado de ánimo es el reflejo de lo vivido en los últimos meses, periodo donde ha continuado sus estudios con una carga emocional que la agobia por las noches, las mismas que ahora comparte con César, quien se trasladó a la ciudad “para estar con ellas”.

***

Han pasado dos meses desde que se celebró la fiesta universitaria en honor a Ana. En aquel entonces su sonrisa terminó iluminando el espacio, tal como lo hace ahora en la clínica, donde las lágrimas no dan espera. Acaba de terminar su proceso de parto natural y en el rostro mantiene la expresión de alegría que la ha caracterizado. Se suponía que César asistiría al parto, pero el estómago no le dio para tanto. Prefirió esperar afuera mientras llegaba el resto de la familia, hasta el momento sólo lo acompaña Clara Isabel.

Entretanto Ana recupera el aliento mientras carga su bebé en los brazos. Una pequeña que nació con abundante pelo en la cabeza y muchas ganas de hacerse escuchar, no para de llorar ni siquiera porque la mamá la mece cariñosamente.

En la sala de espera ya se encuentra toda la familia Cortés en compañía de César y su padre. Algunos de ellos oran junto a Clara Isabel. Otros se distraen bebiendo café y actualizándose en los pormenores familiares. El paso de tiempo hace suponer que el parto terminó y esperan noticias por parte del cuerpo médico.

Al interior de la sala de partos los llantos entrecortados no cesan. El médico realiza los exámenes de rutina encontrando un balance positivo en general, solamente le preocupa la cantidad de oxigeno que esté llegando a los pequeños pulmones de la bebita. Situación que obliga el traslado del neonato hacia la sala de Cuidados Intermedios para descartar cualquier posible problema respiratorio.

Después de transcurrida una hora completa sin noticias de la nueva integrante de la familia, el ambiente se torna tenso e insoportable. La paciencia de César no da abasto. Ha intentado recibir respuestas de varios médicos que salen y entran de la sala pero fue inútil. Entonces toma fuerza y decide eludir las restricciones para enfrentar al médico que las atendió. No alcanza a atravesar el pasillo cuando se topa con él. Éste lo mira de arriba abajo con cara de preocupación y sólo atina a decirle:

— Disculpe señor, pero usted no puede estar aquí—. En ese momento ninguno imagina que acaba de cruzarse con la persona que buscan.
— ¡No me voy a salir hasta que me den razón de mi hija!
Inmediatamente el ginecobstetra descubre que aquel hombre es el padre del bebé que minutos antes vio nacer. Por un instante piensa que lo mejor será calmarlo y llevarlo a la sala de espera, pero sabe que sería imposible. Entonces respira profundo queriendo ganar unos segundos más, levanta la cara y, evitando contacto visual con el desesperado padre, dice:
— Su hija sufrió un paro cardiopulmonar… Lo siento mucho.

Dando roca en la U

"Esta es una de las causas por las que mi producción en el blog ha estado tan irregular.
Pues me encarreté mucho con el género de la Crónica y aquí está el primer resultado.
Esta crónica fue publicada en la Revista El Clavo ED 48.
Espero sus comentarios."


Preparándose para la rumba

Camilo está ansioso. Se ha fumado alrededor de 10 puchos en la media hora que llevamos alistándonos para el tropel que habrá en la universidad. Lleva 4 años sin participar en uno y sus emociones encontradas le dan ganas de cancelar. Ya se siente oxidado para hacer parte de una de estas “rumbas” y el encanto por bailar al ritmo de las papas bombas y el gas lacrimógeno ha desaparecido.



Camilo Trejos Ramírez , estudiante de último semestre de Ingeniería de la Universidad del Valle, se ha destacado por ser uno de los mejores estudiantes de su Facultad y por trabajar en diferentes grupos de investigación, relacionados con el Desarrollo Sostenible. También, es reconocido por sus fuertes inclinaciones hacia el socialismo.

“Yo empecé a volverme mamerto más o menos a los 13 años. Tengo un tío que fue militante del M-19 y después estuvo en el ELN. Yo crecí escuchándole sus historias y leyendo a Marx”. Comenta emocionado mientras me enseña su nutrida biblioteca, donde se destaca la obra completa de su homónimo el Cura Camilo Torres. “Cuando llegué a la Universidad prácticamente ya me había leído El Capital y todos los textos canónicos del Marxismo”.

En el colegio, Camilo no era un estudiante destacado y sociable, más bien parecía un adulto enfrascado en cuerpo de niño. “Mientras los demás compañeros en los recreos jugaban fútbol, él iba a la Sala de Profesores a charlar con un Docente que conocía a mi hermano, quien le contaba sobre los grupos estudiantiles de Univalle”, comenta de repente su mamá que ha entrado a la biblioteca. Trae un par de jugos en una bandeja, “jugos en leche para que no le vaya a dar tan duro los gases”, bromea Doña Norma mientras se retira de la habitación. Camilo cuenta que su mamá, “que también es medio izquierdosa”, siempre supo cuándo iba a tropelear y aunque sentía mucho miedo, nunca lo censuró.

“Desde que estudiaba en el colegio, en las tardes, me iba con el profe para la U. Ahí empecé a conocer mucha gente. Cuando ingresé a primer semestre, entré a hacer parte activa de un grupo estudiantil, que obviamente tenía más intereses políticos que académicos”. Camilo sorbe el último trago de jugo, apaga el cigarrillo en el cenicero —que ya tiene más de 15 colillas acumuladas— y se levanta para ir a su cuarto. Del closet saca un pantalón, una capucha y un saco de cuello alto que tiene amarrado en la manga izquierda un cinta roja, con la imagen borrosa del Ché Guevara. Es el uniforme con el que muchas veces dio roca y que ahora conserva como un recuerdo de la época que más lo ha marcado en sus 23 años de vida.

Los tropeles en las universidades públicas colombianas comenzaron en la década del 70, cuando los estudiantes protestaron por los acuerdos que el Gobierno realizaba con entidades extranjeras, como la Fundación FORD y la Fundación Rockefeller. En ese momento comienza a agitarse la bandera de la defensa de la universidad pública y se logra incluso extender el conflicto a universidades privadas, entre ellas la Universidad Libre de Bogotá, La Universidad Externado de Colombia, la Universidad Santiago de Cali y la Universidad de Medellín.

Carlos Medina Gallego, Licenciado en Ciencias Sociales y Magíster de Historia de La Universidad Nacional, en su libro Al calor del tropel afirma que el actual movimiento estudiantil carece de organización nacional. Argumenta que las luchas al interior de cada universidad sólo están generando apatía entre los estudiantes y se está produciendo un efecto inverso al de los 70: la despolitización.

A pesar de que los tropeles se han desdibujado, Camilo conserva gran simpatía por esa rebeldía estudiantil. Todavía, se emociona cuando habla sobre los momentos previos al tropel. “Lo primero que debe haber es un momento de coyuntura en la U, que motive el tropel. Primero, se convocan asambleas, mitins o foros de discusión, mientras se madura la idea del tropel. Se hace la evaluación de cuánta gente tiene uno, no se sale con menos de 30 tapados (encapuchados). Luego, se reúne la cuota. En esa época dábamos $10.000 cada uno para comprar los insumos. Días antes del tropel nos íbamos tapados a hacer ‘pintas’ (grafitis) en la U, para que la gente comenzara a pillar que algo iba a pasar. En ese sentido, los tropeles eran distintos a los de ahora. El tropel era el último momento de un proceso. Ahora, lo que pasa es que muchas veces ni siquiera el que sale, sabe por qué lo hace y a veces salen sin un comunicado donde expresen las razones que motivaron la acción”.

El momento más tensionante antes de todo tropel es precisamente la compra de los insumos para las papas bombas, pues el aluminio negro, principal ingrediente, no se vende libremente. Muchos piensan que las llamadas papas bomba son en efecto papas que se rellenan de algún material que reacciona explotando, pero no es así; las papas son una mezcla de aluminio negro, azufre y cloruro de sodio, que se enrolla en un pedazo de papel aluminio con una piedra plana o una moneda, en la mitad.

“El momento de cocinar (hacer papas bomba) era muy bonito. Uno se parchaba todo un día en un salón camuflado de la U, a hablar mierda, escuchar música y tomar pola…”. De repente, Camilo se queda en silencio. No sé si la razón es porque debemos bajar del bus, o por la imagen que nos recibe: una tanqueta del Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios) parqueada a pocas cuadras de la Universidad. “¡Uy hermano, los sapiaron!”, es lo último que dice mientras caminamos hacia la Univalle.

En medio de la farra

El reloj de Camilo marca las 10:00 a.m. al entrar a la Universidad. La sensación de tensión que sentimos, contrasta con el ambiente al interior. Después de un largo recorrido por la Universidad, Camilo confirma que habrá tropel. Señala hacia el frente para mostrarme un grupo de encapuchados que están concentrados en la plazoleta de la Facultad de Ingeniería. La imagen es impactante. Son alrededor de 10 jóvenes formados, mientras uno de ellos grita algo, que no alcanzamos a escuchar.

Súbitamente, aparecen más encapuchados que vienen de la parte de atrás de la Universidad. Varios de ellos caminan a paso acelerado y corean una consigna que emociona a Camilo. Como si se tratara de una oración, la repite en voz baja: “Mi voz la que está gritando, mi sueño el que sigue entero, y sepan que sólo muero, si ustedes van aflojando. Porque el que murió peleando, vive en cada compañero. ¡Venceremos!”. En ese nuevo grupo, hay dos capuchos con bolsas en cada una de sus manos, que son escoltados. “Ese par de personajes son los que más se deben cuidar, pues ellos son los que llevan los ‘juguetes’ y el material para seguir cocinando en medio de la ‘fiesta’. Si le van hacer algo a alguien, que se lo hagan a cualquiera menos a ellos”.

La avanzada ha comenzado y el tropel es un hecho. Mientras los seguimos, a una distancia prudente, los capuchos entregan hojas con un comunicado que titula: “No reelección, sí revolución”. A nuestro paso, se ven estudiantes con el seño fruncido que van en contravía, otros se notan preocupados, algunos se asustan y otra cantidad considerable, se emociona y comienzan a unirse a la caravana.

El primer grupo que ha llegado a la calle lanza las primeras papas explosivas. Tres de ellos paran un bus, bajan a la gente y al conductor. Atraviesan el bus en la calle, le pinchan las llantas y lo pintan. “Esa es una estrategia para ganar tiempo y territorio antes de que llegue la Policía, ya que la tanqueta debe arrastrar el bus para poder abrirse paso hacia la portería de la U”. Me explica Camilo, mientras saca del maletín una pañoleta verde que moja con leche. Sabe que hoy la Policía no demorará los 20 minutos tradicionales, por eso tiene el pañuelo listo para contra restar el efecto de los gases lacrimógenos, que pronto comenzarán a tirar los del Esmad.

Un fuerte estruendo a pocos metros de la portería, nos alerta sobre lo cerca que estamos del enfrentamiento. La gente que está viendo el tropel, retrocede rápidamente para alejarse del peligro. De repente, el ambiente se inunda de gases y el sonido de la tanqueta empujando la reja de la entrada, advierte del estado del tropel. En pocos minutos la Policía se apodera de la calle y atrinchera a los encapuchados en la Universidad.

El conflicto se alarga durante una hora, donde se mantiene una rutina agresiva de lanzarse, papas y gases. Los estudiantes que han decidido quedarse a ver el tropel, parecen no sentir peligro. Varios de ellos animan a los encapuchados. Otros, mientras compran helados a un vendedor ambulante que está en medio de la multitud, comentan “lo aburrido que se puso el tropel”, porque cada vez suenan menos explosiones.

De un momento a otro, un fuerte estruendo nos aturde. Camilo se apresura a comentar que es el momento de la huída, ya fue suficiente y es probable que la Policía se meta a la U. También nos damos cuenta que los capuchos se han retirado en medio del humo de la última explosión.

Camilo camina en contra de la multitud, que todavía sigue enérgica, creyendo que están en medio del tropel. Prende un pucho, guarda la pañoleta —que tanto nos ayudó a evitar el fastidio del gas— y sigue su camino, recogiendo los pasos de este tropel que vivió desde la barrera.

El after party

La Universidad quedó desolada después de la “fiesta”. Una vez más los excesos la han lesionado, dejando un tufo amargo en su aliento. Queda una pesadumbre que advierte la resaca del mañana. Otra rebelión con olor a pólvora que está creando alergias a todos aquellos que se quieren acercar.

En el trayecto de regreso a la casa de Camilo, el silencio se ha apoderado de nosotros. Él observa distraído por la ventana mientras juega insistentemente con el papel del comunicado que nos entregaron. Después de medio recorrido, y sin dejar de mirar por la ventana, confiesa que decidió abandonar las filas de su combo cuando dentro de la Universidad mataron a Jhonny Silva, un estudiante que nada tenía que ver con un mitin que hubo momentos antes de que La Muerte le ganara la carrera debido a una limitación motriz que tenía en sus piernas.

“Cuando mataron a este pelado (Johnny) dentro de la universidad, las dinámicas del tropel cambiaron. Ahí empecé a descubrir que me estaba convirtiendo en lo que yo realmente odiaba. Me estaba volviendo el man más sectario y me reprimía de cosas, como tomar Coca Cola o fumarme un Marlboro, sólo porque eran ‘vicios burgueses’”. Camilo enrolla con más fuerza la bola de papel en la que ha convertido el comunicado del tropel. Toma aire y continúa: “Todavía creo que la violencia es necesaria, pero no una violencia que se perpetúe. Todo acto violento tiene que procurar ganar el mayor reconocimiento en la base, que es algo que no pasa y que, desafortunadamente, en este país nunca va pasar porque las insurgencias están muy deslegitimadas y con toda razón. Sin embargo, sigo compartiendo esos ideales románticos de la juventud revolucionaria. Creo que es necesario seguir pensando otro mundo que no sólo es posible sino urgente”.

Antes de despedirnos, Camilo deja claro que, a pasar del riesgo vivido y los problemas de seguridad que tuvo —medidas cautelares del Ministerio del Interior y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos—, no se arrepiente de nada. Finalmente, me entrega la bola de papel, como si quisiera despojarse del recuerdo del tropel de hoy y se despide sentenciando que: “Las cosas en la U han cambiado tanto que podrían llegar al punto de que las papas se las tiren entre ellos mismos, convirtiéndose en una fiesta privada que fracciona y debilita la universidad”.